5.9.06

IDA Y VUELTA

Ha sido un fin de semana largo (y no han dado nada bueno por tevé). Yo añadiría también que ha sido movido. Ya, ya sé que por aquí una visita al barrio de al lado supone una epopeya livingstoniana. Pero no.

El jueves por la tarde me subí a un autobús para ir a ver a una chica que había conocido en un chat. No era una cita a ciegas, exactamente, porque ya habíamos pasado la fase del intercambio de fotos. Incluso la del intercambio de fotos, digamos, abundantes en piel. Esta chica utiliza un nick que empieza por T. y tiene un nombre real que empieza por C., aunque mientras chateábamos (en privado), y durante las primeras horas de nuestro encuentro del jueves, me decía que se llamaba A. Todas estas iniciales no las pongo, evidentemente, para que ella no sepa de quién hablo; eso no me preocupa porque esta chica no lee blogs ni daría con el mío ni en mil años. Lo que intento es que ustedes no sepan de quién hablo. La voy a llamar Julia, se me ocurre.

Julia vive en otra gran urbe manchega a un par de horas de distancia de la mía. Hay dos tipos de urbes manchegas: aquéllas en las que gobiernan los socialistas y las regidas por los populares. Como los manchegos somos asín, el signo de las alcaldías no cambia por nada en el mundo, y al final los tics del partido en el poder se desbordan y contaminan toda la ciudad. A mí me bastarían diez segundos para distinguir unas y otras en un hipotético Qué apostamos en el que me mostrasen imágenes aleatorias de urbes manchegas que yo tuviera que adscribir a uno u otro partido (sin necesidad de reconocerlas). Hablo del mobiliario urbano, de los carteles de los próximos conciertos, de las pintas de los municipales, de la ropa de la gente, etcétera. Casi todos quieren parecerse a los miembros de la oligarquía reinante, hasta que determinados tics acaban equivaliendo a la normalidad. En las metrópolis populares, la norma en gafas impone las que no llevan montura. En las socialistas, las de pasta. Por ejemplo. Pero por no divagar más: las gafas en la ciudad de Julia son diferentes a las de la mía. No quiero dar más pistas, pero mis gafas son de pasta negra, y Julia no lleva. En su ciudad sólo había estado una vez, de excursión con el colegio.

La toma de decisiones en mi visita turísticosexual siempre estuvo en manos de Julia. No sólo lo normal cuando alguien viene de fuera a verte a tu terruño, como ir a un restaurante o al otro, o a visitar tal o cual cosa, sino todo: el qué, el cuándo, el cómo. Nada de hotel, te vienes a mi casa. Ahora te duchas. Ahora nos vamos. Nos sentamos aquí. Tráiganos dos cervezas.

Reconozco que el mundo femenino en general me acojona, pero estas conductas me acojonan especialmente, de modo que entré en plan b. Que consiste básicamente en callarse la boca y no soltar el menor dato personal, la menor promesa, el menor plan. Borrar las huellas, cubrir la fuga. No estoy seguro, pero creo que fue mi plan b lo que llevó a Julia a poner en marcha su plan b. Que consistía en, bueno, en sexo.

Ya les dije que llevaba años y años sin follar. Milagrosamente, el delicado equilibrio entre las muchas cervezas (inhibidoras) y los muchos años de celibato (potenciadores) no se rompió y pude disfrutarlo en parte. Por otro lado, las órdenes no paraban ni cuando hacíamos el amor. Era una sensación extraña. Querer irse y venirse al mismo tiempo. Perdónenme el chiste fácil.

Así el viernes, el sábado y el domingo. Ayer, Julia trabajaba, pero poco rato (unas reuniones o algo así, es profesora de secundaria y las clases aún no han empezado). Cuando volvió tuvimos otro poquito de plan b. A continuación, viendo que la incertidumbre sobre nuestro futuro inmediato como pareja no se despejaba, decidió pasar al plan c. Que consiste en gritarme, abofetearme e insultarme.

Yo no tenía ningún plan c. Me quedé allí sentado aguantando el chaparrón. Como mil horas. En un momento dado, Julia se metió en el cuarto de baño y aproveché para salir. Dejándome la mochila con a/ unos pantalones vaqueros b/ tres camisetas (sucias) c/ cuatro calzoncillos (sucios) d/ Vineland, de Pynchon, a medio leer (pero no me estaba gustando, así que que le aproveche) e/ un reproductor de mp3 de cuatro gigas bien cargadito de todo (me cago en mi estampa) g/ la cámara digital (me cago en mi puta estampa).

Era la una de la mañana. Estuve una hora para encontrar un taxi dispuesto a traerme a casa. Por el camino iba pensando en Julia, en cuál era su problema, de dónde venía esa necesidad por controlarlo todo (mediante órdenes directas, mediante fotos, mediante sexo), por qué se citaba con gente del chat, qué había esperado de mí, qué esperaba de Coelho y Bucay, qué cuadro clínico presentaba en el psicólogo, por qué estaba tan sola. Iba pensando en Julia para no ponerme a pensar en mí, claro.

Una cosa más: si pensaban enviarme largos y cálidos emilios, de apoyo o de cualquier cosa, a la dirección ésa que hay ahí arriba a la izquierda, sepan que creo que durante un tiempo no la voy a abrir. Por los escorpiones y culebras que puede haber dentro.

2 comentarios:

ana dijo...

Creo que en todo esto de internet, los chat y las citas ciegas hay mucho de mito y de desconcierto... si es dificil conocer a alguien cara a cara y a traves del tiempo mas loes con una maquina como esta y con tantas incognitas y espectativas. un saludo.Hablo por hablar, por intuición ,por que yo nunca tuve una cita a ciegas ni me metí en un chat...me gusta el arte y los timidos.

Mastronardi dijo...

Gracias, doña. Me hace bien relativizar un poco la historia (a ver por qué si no la he contado en el blog). Le debo una.

Bueno, si quiere algún día le relativizo alguno de sus bonitos cuadros, en compensación.

El arte y los tímidos son muy preferibles a los chat y las psicópatas... siga usted así. Por cierto que mejor ni se vuelva de Suecia, porque de lo primero por aquí no vamos muy sobrados.

Saludos.