EN UN VAPOR DE CARGA
Llevo desde el domingo pensando si escribía o no este post. Hay cierta elegancia en los finales abiertos, pero también su poquito de horror vacui. En efecto, la posmodernidad no conoce este horror vacui, pero ya saben que yo soy manchego al fin y al cabo y que padezco ciertas incurables limitaciones.
Ya hace un par de semanas que Violeta se largó con lo puesto. No se despidió a la francesa, pero tampoco hizo un dramón. No me dijo no eres tú soy yo, ni no soy yo eres tú. Se tomó quince minutos, nos abrazamos y desapareció.
Ya comenté que últimamente hemos tenido muchos problemas económicos: de mis cuatro pisos, solo me están pagando renta los argelinos, y éstos con retraso. Esto conlleva que ya no puedo pasarle todo el dinero que solía a mis padres, y esto a su vez las amenazas constantes de mi padre sobre plantarse aquí y echar a los morosos. Menudo dolor de cabeza, la verdad.
Así que Violeta me dejó sus ocho últimos cuadros de gatos noctámbulos, para que los fuera vendiendo de a poco. Pero los tiré. Me dio pena sin embargo meterlos dentro del contenedor, y los dejé fuera, apoyados contra el mismo, mirando hacia la acera. A la mañana siguiente no estaban y no sé si alguien los cogió o si los basureros los echaron al camión.
Me encuentro mal y no consigo respirar bien.
Tengo planes para cuando me quiten internet: caminar toda la noche. Oh, espera, eso ya lo hacías. No: he dicho caminar toda la noche.
Muchas gracias a todos por leer mis cositas y por comentar a veces. Igual vuelvo. En un futuro. Adiós.
