SOLIPSISTAS DEL MUNDO

18.1.15

"VACACIONES", CAPÍTULO UNO

ESTE VERANO EN ALBANIA


Mi nombre es un dato que esta narración no va a necesitar. Tampoco es que quiera ocultarlo ni hacer con él autoficción ni nada parecido. Soy alguien bastante conocido en un sector muy concreto de la industria editorial española: unas ciento cincuenta o doscientas personas me identificarían con solo leer esta página. Un grupo más amplio de unas cuatrocientas o quinientas lo haría tal vez más tarde.

Bah, dejémonos de pendejadas: soy Pepe García Lax, o Pepe Ge Lax, o Pepe Glax, el no-tan-mítico escritor de libros de viajes postmodernos. El director de la editorial especializada Peripatas. Desde que me la compró el grupo Planeta y me pusieron al lado a un director comercial, ya no pinto tanto en la industria española de las letras. ¿Me gustaba ser alguien? Seguramente sí. Pero también me gusta no tener hipoteca.

Mi tercer libro, el primero que me tradujeron y me pagaron y el que me abrió las puertas que me han traído hasta aquí, arranca con el siguiente enunciado: Si no sientes la necesidad de confesarte al zarpar, es que no es un verdadero viaje. Una patraña, obviamente. Como el resto del libro, claro está. Pero me viene a la cabeza estos días, una y otra vez. Porque estoy a punto de emprender un viaje más, uno no sé si verdadero pero sí, digamos, interesante. Y porque me han entrado unas ganas irreprimibles de confesarme.

Ave María Purísima: soy un fraude.

Viajar no me gusta especialmente.

¿Esos lugares peligrosísimos que le dan emoción a mis relatos? No he entrado de verdad. Me daría miedo tan solo pensarlo. Los he descrito utilizando fuentes secundarias: cooperantes, soldados, mendigos, etcétera.

¿El supuesto "humanismo irónico" de mis libros? ¿El sucesor socarrón de Ryszard Kapuściński? ¿La soterrada pero sostenida denuncia del totalitarismo del mercado? Fuentes secundarias, también, amigos.

Copias y pegas.

Anécdotas que le saqué a gente, a cambio de tres whiskies, en el bar de algún hotel. O de tres chocolatinas.

Tomemos mi primer libro: Este verano en Albania. Lo escribí en 1988, nada más terminar la carrera. El visado me lo consiguió el profesor que me iba a dirigir la tesis, sobre la industrialización comunista de los Balcanes. Y en efecto se suponía que iba a redactar una introducción laudatoria sobre las reformas aperturistas del nuevo presidente o alguna chorrada similar. Pero yo -ya he dicho que soy un maldito fraude- tenía otro plan en mente. En concreto, joder a mi madre. Contaba para ello con la inestimable ayuda económica de mi padre, que fue quien sufragó el viaje. Y bueno, entre los dos lo conseguimos. A mi regreso, a mediados de septiembre, el reciente divorcio y mi ausencia sin llamadas le habían quitado dieciséis kilos de encima. Había vuelto a fumar, y, cuando daba una calada a su Sombra, la succión creaba en sus delgadas mejillas unas hendiduras que se tocaban por dentro de la boca.

Yo tenía veintidós años, estaba rabioso, mi madre tenía la culpa de todo y el nuevo y rutilante catedrático antifranquista de mi facultad creía en mí y me abría las puertas del telón de acero. ¿Pero quién era yo? ¿Una joven promesa de la historiografía neomarxista? ¿Un fan fumeta de los Smiths? ¿Un loser tardoadolescente -y, además, murciano- recién abandonado por su madre y por su novia? ¿Un lector tardío de la generación Beat? ¿O, más bien, un poco de todo eso y mucho de, digamos, nada?

Entré en el país a través de la frontera con Yugoslavia, como me habían recomendado. Me estaba esperando una delegación de guías y funcionarios encargados de darme la bienvenida, de entre los cuales destacaba la traductora, una estudiante de lenguas románicas llamada Tereza. Todos treintañeros, cuarentones, algo bajitos (excepto Tereza), morenos, vestidos de forma moderadamente marcial. Cada uno disponía de una copia de mi plan de viaje: las etapas, las explotaciones agrícolas, las factorías a visitar, los hoteles en que me hospedaría, en Tirana y en Dürres, y hasta las fechas de mis visitas a los parques naturales del país. Solo tardé diez minutos en darme cuenta de que, por el motivo que fuera, mis nuevos amigos no habían sido informados de los nombres de las personas (catedráticos, investigadores, sindicalistas, etc.) con quienes debía reunirme para desarrollar mi investigación. Decidí perder -comerme, concretamente- ese papel, y, con él, la idea de la tesis.

¿Qué hice, entonces, en Albania durante todo el largo verano del 88? Pasar calor. Jugar con Tereza, a quien admiraba y deseaba pero también temía, al juego del gato y del ratón. Tratar de detectar si los desconocidos de mi entorno inmediato eran informantes o no mediante la sencilla técnica de acercarme levemente a ellos y examinar rastros de ansiedad en sus caras. Practicar mi albanés, probablemente la lengua más extraña de Europa, tanto, que su simple uso parece alejarte de ese continente, en el espacio y el tiempo. Bañarme en todos los ríos que veía, para desesperación e impaciencia de Tereza. Preguntar cosas absurdas o cosas que ya sabía (ey, Tere, ¿por qué se mete toda esa gente en ese túnel, en pleno domingo? ¿es algo religioso vuestro?), jamás lo que quería saber. Escribir cartas a mi querida novia, recién perdida. Fingir que redactaba cosas importantes con una letra deliberadamente indescifrable, pero que no eran sino poemas en prosa, un poco automáticos, a los que di en llamar tarator, como la sopa albanesa de pepino que nos daban en todas partes. A mediados de agosto detecté que el interés de mi querida faro y guía por mi cuaderno (y por mi persona, y por mi misión, y por todo lo que tuviera que ver conmigo) había descendido hasta el mero desdén, y empecé a componer las notas sueltas que después se convertirían en Este verano en Albania. La primera de todas trataba sobre la fascinación y repulsión simultáneas de Tere por mi walkman y su contenido: el Meat Is Murder de los Smiths. La voz de Morrissey entre los bosques neolíticos del valle del Ishëm, Tere dudando de su decisión, tras haberme permitido usarlo en nuestro solitario paseo dominical, Tere probando ella misma, después de insistirle varias veces, la cara de cosmonauta de Tere al ser atravesada un momento por los sonidos de los genios mancunianos y, finalmente, la trayectoria giratoria del aparato (la elevación y descenso del negro walkman, acompañado como un satélite por los finos auriculares) al atravesar el aire primigenio y soleado, rico en insectos del cretácico, en dirección al fondo del río Ishëm. La leve risa de mi querida traductora, entonces, al comprobar mi expresión de incredulidad ante lo que acababa de ocurrir. Su mano por mi pelo un momento, consolándome como se consuela a un niño gilipollas: pronto iremos a teatro. Orquesta nacional. Ningún problema. No debes ser triste ahora.

Gustó mucho, Este verano en Albania. No a mi profesor, claro. A ése no lo engañé. Al saber que no había podido reunirme con ninguno de sus contactos arrugó la nariz, y a la tercera página de mi texto me dijo, con la voz temblándole de ira, que tenía mucho trabajo y que no podía atenderme en ese momento. Ya no volví a hablar con él más.

El resto de lectores creyeron ver en mi libro lo que querían encontrar: ese joven murciano hiperestésico e idiota, súbitamente transplantado a lo más profundo del bloque comunista, demostraba la maldad del régimen a quien ya creía en ella, la humanidad del régimen a quien se sentía inclinado a pensar así, la conveniencia del milenarismo a quien apostaba previamente por esa opción y la importancia de descargar de ideología nuestra pesada óptica a la mayor parte de mi generación, que en esa época se entregaba casi sin excepción a una forma u otra de hedonismo. La denuncia de los espantosos abusos del régimen de Ramiz Alia se solapaba de alguna manera con episodios costumbristas donde aparecían albaneses disfrutando de un ritmo de vida plácido y paleolítico, la rigidez con la curiosidad, el cemento barato con los bellísimos sauces balcánicos, el tarator con el Rakı y, por debajo de todo eso, como un afluente de un afluente de uno de los ríos menores de Pangea, el amor platónico, edípico, de Tereza, proyección de la madre en conflicto. Esto último no es una broma: apareció tal cual en la reseña del libro que sacó La Verdad, aunque el recorte lo he perdido. Firmaba el crítico de siempre, pero el texto era insólito. Lisérgico, incluso. Como leer a Lacan con cuarenta de fiebre. Albania era el útero del Eterno Femenino y yo un espermatozoide de dos colas expulsado del bloque occidental. El puto walkman era el imperativo capitalista y el río Ishëm la Diosa Blanca de una Europa femenina y unificada, preapolínea. Tere, por llamarse así y por ser albanesa, era la Madre Teresa de Calcuta, y al mismo tiempo mi propia madre. Cosas así. Un tiempo después, mi jefe leyó, socarrón, la nota y sentenció:

- Eso te pasa por contar en el libro todas y cada una de las pajas que te hiciste ese verano, mangurrián.

Luego volví con mi chica, me reconcilié con mi madre, me peleé con mi padre y encontré trabajo en un bar del centro, el Latino (regentado por un rocker ilustrado, profuso en frases como la que acabo de transcribir). Pero ya conocía mi don. Ya sabía quién era. El fraude y un impostor, respectivamente. La maleta que me había prestado mi padre para mi Grand Tour pajillero por el Imperio del Mal era de un tipo de plástico que imitaba el cuero pero que se decoloraba al menor roce, adquiriendo efectos psicodélicos. Era posible desfazer estos entuertos estéticos aplicando un poco de Kanfort azul oscuro sobre la zona desvaída, motivo por el cual un bote de este producto acompañaba siempre a la maleta, en un compartimento interior. Y supongo que yo ahora debería cerrar este primer capítulo de mis confesiones de un artista de mierda de un escritor de libros de viajes con un broche irónico-sentimentaloide de ese tipo: añadir que me quedé con aquella maleta y seguí usándola hasta el día de hoy (menuda gilipollez), o que a partir de entonces siempre viajo con un bote de Kanfort azul en honor a mi padre y a mi vocación de estafador narrativo. Algún chiste así, aunque fuera mentira. Llevo cerrando mis capítulos de ese modo desde hace casi treinta años, con esas guindas bienintencionadas que en realidad no son comestibles pero que ayudan a fijar ese tono desenfadado marca de la casa que tan buenos resultados me ha dado. Pero estoy harto de esos trucos, y no voy a publicar este texto. O igual sí, todo depende. De si consigo volver.

10.1.14

UN AÑO CHECO, 5X10

SATURNALIA


A principios de mes empezamos a recibir noticias de Camp Joy: las Miralles habían decidido celebrar la festividad pagana de la Saturnalia, el solsticio de invierno, y toda la comunidad se hallaba inmersa en los preparativos. Los preparativos, parecía, eran muy Miralles: ayuno colectivo, vigilia, purificación con infusiones de hierbas, etc.

A Olga le llamaron la atención ciertos matices eróticos de los ritos, como el afeitado mutuo integral o la aplicación de unos a otros, al calor de abundantes estufas, de aceites hidratantes. A Jesús también.

Supimos que, en efecto, las Miralles estaban hablando todo el rato de sexo. De sexo en grupo, para ser más concretos. Organizamos una visita. Encontramos a todo el mundo afeitado, sin un pelo en la cabeza, ni siquiera en las cejas o las pestañas. Alguien se nos acercó y nos dijo hola en voz baja.

- ¿Paulo?

Hacía meses que no lo veíamos. Tenía una pinta muy rara, pero sonreía. Llevaba una especie de hábito de monje, grueso y áspero. Como a los demás, la piel le brillaba por los aceites hidratantes. Lo besamos. Emanaba un olor agradable, pero perturbador.

- ¿Y las rubias?

- En el pabellón.

En la plaza central habían instalado una inmensa carpa circular, parecida a un circo, pero hecha de plástico de invernadero. Dentro había lámparas, que proyectaban sombras de gente moviéndose contra las paredes semitranslúcidas, y unas cuantas estufas, a juzgar por las chimeneas que arrojaban humo de leña al cielo de San Joy.

- Vamos.

- Al pabellón no se puede entrar con pelo ni con ropa.

- No me jodas.

Paulo señaló una cabaña.

- Tienes que encontrar a alguien para que te afeite el cuerpo. Está prohibido hacértelo tú mismo.

- ¿Y cómo se van a enterar?

- Se lo tenemos que decir nosotros. Nadie puede quedarse solo, sin que nadie lo vea.

- ¿Estás de coña? ¿Y para cagar?

- A las letrinas se va de tres en tres.

- ¿Y por qué no de dos en dos?

- Creo que es para evitar tentaciones sexuales. No estoy seguro, pero me parece que las infusiones y los aceites que tenemos que usar ahora llevan algún tipo de afrodisíaco natural.

- ¿Está prohibido follar?

- Está prohibido masturbarse o tener relaciones sexuales hasta el día de la fiesta, sí.

- ¿Y ese día ya se puede?

- Ese día ya se puede.

- Madre del amor hermoso, Paulo.

- Ya.

Nos tumbamos en el suelo y metimos la cabeza bajo el plástico del pabellón, por el lado menos visible. Junto a una de las estufas había un corro de gente desnuda y oleaginosa, mirando algo. Ese algo parecía ser un hombre que gritaba y/o lloraba. Entrevimos a unas calvas Miralles, arrodilladas ante él. Tardamos un rato en darnos cuenta de que el tipo estaba atado de manos a la estufa que tenía a la espalda, y que una de nuestras compañeras estaba introduciéndole una sonda por la uretra, con bastante esfuerzo. Cuando acabó, la otra le ató la bolsa de la orina a la pierna con cinta aislante, y a continuación le envolvió los genitales con el mismo material, dando varias vueltas por la espalda y en torno a los muslos.

- Hostia puta. ¿Y eso qué es, Paulo?

- Es su castigo por haber infringido lo de la castidad. Él solo o con alguien. Creo que ha sido con ése de la derecha que llora, porque hace un rato no llevaba la sonda.

- Estamos bien jodidos, Paulo. Los seis. Bueno, a ellas igual les da lo mismo ir a la cárcel. Nosotros cuatro estamos jodidos.

- Ya lo sé.

- No sé qué hacer. ¿Se os ocurre algo?

- (...)

- Mierda. Vamos a ver. ¿Aquí la gente lleva el móvil encima?

- No. Se lo das a las Miralles nada más llegar, y nadie sabe dónde se guardan.

- ¿Y qué le impide a ésos del taparrabos coger e irse ahora mismo?

- No quieren. No se va nadie.

- ¿Nadie?

- No se ha ido nadie desde hace por lo menos un mes. Y siguen llegando a pesar de la pinta que tenemos ahora y lo raro que es todo. Estamos a reventar de gente.

- ¿Esto de la Saturnalia cuándo va a ser?

- Empieza el martes 17.

- ¿Empieza? ¿Hasta cuándo dura?

- Hasta el día 24.

- Me cago en dios.

- Pues ya, Olga, y yo qué quieres que te diga.

- Que pienses, quiero, joder.

No pudimos concentrarnos mucho, sin embargo, porque justo en ese momento llegaba otro tipo a la estufa y se dejaba atar por las Miralles. Era el lector de Praga. Sonriendo mientras lo sondaban.

- ¿Qué hace éste ahí en la estufa?

- Lleva una semana en estado de erección continua. Lo habrán denunciado por hacerse una paja, o por frotarse contra algo. Ya os he dicho que está prohibido eyacular, que el semen debe reservarse para la fiesta.

- ¿Y cuándo llegó?

- Hace una semana.

Nos reímos con ganas. Las Miralles también se estaban riendo de algo en ese momento, arrodilladas ante el lector. Era posible apartar el miedo y ver todo el asunto como un asunto de granja, de anécdotas que ocurren con el ganado. Pero solo un momento. Detrás de nuestro viejo conocido venía una chica mucho menos complacida ante el castigo. Miraba hacia abajo y temblaba de miedo mientras la ataban. Le ordenaron abrir las piernas y empezó a gritar. No. Me quiero ir. Soltadme. Por favor. Me duele. Me quiero ir a mi casa. Las rubias recuperaron su expresión autoritaria. El pañal de cinta aislante que le adhirieron no tenía abertura para defecar.

- Hay que hacer guardia en el camino. Si ésta quiere irse, hay que hacer un trato con ella para que se calle.

- No se va a ir.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque lo sé. Apuéstate lo que quieras.

- ¿Por qué lo sabes?

- Porque sí, joder. Hazme caso.

- ¡Explícate, coño!

- Bueno, vale. Sé que no se va a ir porque sé que esas cosas las ha dicho por miedo, pero no las piensa en realidad. Y sé que las ha dicho por miedo porque yo dije cosas peores ayer.

Se abrió el hábito y nos enseñó su envoltorio de cinta aislante y el tubito de su sonda.

- Dios, Paulo.

- ¿Qué? ¿"Dios, Paulo", qué? Imbéciles. Vamos a cerrar la puta boca mientras pensamos en soluciones. O me meto en el pabellón, me sirvo un té y me olvido de vuestra existencia.

- (...)

- Vale. De todas formas sigo pensando que hay que hacer guardia en el camino y cortar  las llegadas. Ya tenemos aquí cuatrocientos problemas en potencia, no necesitamos más.

- Las Miralles os quieren aquí a todos para la fiesta. Piensan cerrar el pabellón esos días..

- ¿La carpa ésa de plástico? ¿Cerrarla cómo?

- Con silicona.

- Por un lado me alegro de que no pueda haber fugas, pase lo que pase.

- Y yo.

Ejecutados los castigos del día, la gente se aplicaba ahora en otras cosas, instalando unos extraños aparatos de gimnasia o de tortura, tinajas para abluciones, una bañera gigante, cosas así. También había, dentro del pabellón, objetos más ortodoxos, como largas mesas rodeadas de sillas, cientos de futones enrrollados o una marmita para el té. Los miembros de la comunidad se paseaban de un lado a otro en pequeños grupos, con actitud de alegría tensa. Muchos se impregnaban mutuamente de aceite. Abundaban las erecciones y los pezones endurecidos, y cierta expresión en la mayoría de los rostros que nos transmitía una especie de sí, bueno, me estoy comportando como una puta cabra por unos días, pero la barra libre de sexo de la semana que viene va a merecer toda la pena de sobra. Como ejemplo, Paulo, que daba por bueno hasta pasarse ocho días sondado. Sin embargo, no podíamos dejar de pensar en lo explosivo de la situación, en la posibilidad de que alguno de los muchos y poco convencionales actos sexuales que estaban a punto de realizarse culminase en un no consentimiento, una exposición pública de lo sucedido, una denuncia.

¿Queríamos participar? Claro que sí. Nos decíamos que teníamos que estar, pero en el fondo la idea nos provocaba algo de taquicardia, pulsaciones en los esfínteres, mariposas en el estómago y cosquilleo en la próstata. Había muchos cuerpos apetecibles entre los habitantes de Camp Joy Division, según la denominación recién inventada por el puto, puto loco de Jesús. Y esos cuerpos eran nuestros.

Afeité a Olga en presencia de Paulo y Jesús. Nunca la había visto desnuda, pero conseguimos hacerlo sin que resultase demasiado embarazoso. Había todo tipo de instrumentos y productos. Después, Paulo me afeitó a mí, y Olga a Jesús. Nos embadurnamos de aceite y entramos a ver a las Miralles.

Les había cambiado la voz. Nos abrazaron a todos e incluso se permitieron alguna broma sobre nuestra desnudez, alguna insinuación sexual. No respondieron a ninguna pregunta. Era obvio que ya no iban a dejarse aconsejar ni reconducir: por el motivo que fuera, la idea de la saturnalia las había cambiado. Ni rastro de la evanescencia complaciente que las caracterizaba hasta hacía apenas diez días. Hasta su delgadez mórbida se había convertido en una esbeltez musculada bajo la capa de aceites. Su actividad era frenética. Se alejaron enseguida para coordinar algo y nos dejaron a todos una pregunta que ya no nos abandonaría. Si sería posible follar con ellas, de alguna manera, en la fiesta. Más que una pregunta, era un virus que nos robaría capacidad cerebral, en los próximos días.

So pena de ser amordazados con cinta aislante y alimentados por vía intravenosa hasta la fiesta si probaban algo, los habitantes de Camp Joy (Division) almacenaban cantidades industriales de comida, bebida y drogas en un rincón de la carpa, mientras apuraban los últimos días de un semiayuno muy estricto basado en infusiones y pan ácimo.

Hicimos planes para disolver nuestra sociedad tras la fiesta y mudarnos lejos de las Miralles y su explosivo campamento. A continuación establecimos turnos para hacer guardia en el camino de entrada. A los que llegaban les hacíamos dar la vuelta y les decíamos que lo intentasen de nuevo después de Navidad, que todo estaba completo. Algunos acamparon a unos metros de nosotros, esperando un descuido para colarse, pero conseguimos mantenerlos a raya hasta la víspera del festival. A la caída del sol, nos reunimos bajo el plástico. Unas chicas sellaron las entradas con silicona un rato después.

Las Miralles se colocaron una contra otra, en el centro del pabellón, mientras los demás nos sentábamos en círculos frente a ellas. Habían ensayado un discurso simultáneo.

- Ésta es la última noche de ayuno. Mañana, a la salida del sol, desaparecerán todas las prohibiciones. Pensad ahora qué queréis hacer en primer lugar, porque ese acto será sagrado.

Alimentamos las estufas y desenrrollamos futones para dormir en torno a ellas. No sé qué soñé, pero a veces, para mi desgracia, me llegan imágenes sueltas de ese sueño. Me despertó un murmullo generalizado. Al otro lado del plástico había ya cierta claridad, así que tal vez las prohibiciones ya hubieran desaparecido, pero como las Miralles estaban quietas y con los ojos cerrados en el centro del circo, nadie podía estar seguro de ello. Por otra parte, había un magnífico desayuno servido: café, leche cremosa, bollos, pan blanco, mermeladas, jamón cocido, tomates, aceite de la almazara del campamento, miel silvestre y azúcar moreno. Comíamos y nos mirábamos. Mientras nuestros cuerpos acogían los alimentos de que se habían visto privados durante tanto tiempo, un estado de ánimo excitado y juguetón se iba apoderando de nosotros. La sensación de fraternidad era muy intensa. Recuerdo que decidí hacer el amor con Olga en algún momento de los días siguientes, o al menos intentarlo. Puede que pensase algo parecido sobre Paulo. Extendí tomate sobre una rebanada de pan mientras una chica frente a mí, muerta de risa, le ponía aceite hidratante a una amiga. De improviso, las Miralles gritaron al exacto unísono:

- Io Saturnalia! Ave Sol Invictus!

Me di la vuelta para mirarlas. Brillaban, no solo por el aceite. Un rayo de sol les caía encima. Tenían unas copas levantadas, invitándonos a brindar con ellas y dar por inaugurado el festival. Nos pusimos de pie mientras nos servían un chorrito de una bebida ceremonial. La mayoría de los varones exhibían juguetonas erecciones, lo que nos hizo reír. Cuando todos tuvimos nuestra copa, la levantamos, pero al llevármela a los labios mi olfato detectó que se trataba de absenta, bebida que todo mi ser rechaza tras dos o tres malísimos viajes, y no bebí.

Bajé la copa ya buscando con la mirada los curváceos cuerpos de mis vecinas de mesa. Las vi tirarse al suelo. Un segundo más tarde también se tiró Paulo. Pensé en un primer momento que me había perdido alguna norma del ritual, y estaba a punto de acostarme yo también cuando oí los primeros gritos. Me giré y vi caer a la mayoría de los asistentes a la saturnalia. Alguno, no los más, se retorcía unos instantes en el suelo antes de quedarse quieto. Otros vomitaban profusamente, lo que alargaba su agonía y sus gritos. Antes de comprender del todo lo que estaba ocurriendo, ya había percibido que las Miralles seguían de pie, me miraban, y avanzaban hacia mí.

Eché a correr. Para salir por el agujero por el que nos habíamos asomado el primer día tenía que cruzar todo el pabellón, así que hice que me siguieran hasta el borde de la carpa y luego seguí el perímetro hasta que pude tomarles unos metros de ventaja. Entonces crucé por el centro de la sala, saltando descalzo sobre los cadáveres, y de un salto atravesé el agujero.

Seguí corriendo. En un momento dado miré hacia atrás y las vi, a Patricia y Ángela, tendidas en el camino. Pero seguí corriendo. Huyendo. No tardé demasiado en darme cuenta, sin embargo, de que jamás podría dejar atrás a ni una sola de las miles de palabras que componen esta historia, que ni uno solo de los días de este año checo iba a caerse muerto en el camino, para dejarme escapar.

19.12.13

UN AÑO CHECO, 5X09

GORGONA


¿Leíais a Borges, vosotros? Nosotras sí. No por la metafísica. No por la teoría literaria. Por el personaje, por Jorge Luis. Un tipo con el que nos identificamos, un tipo que se cayó en la misma marmita que nosotras, de pequeño. ¿Sabéis que decía que se alegraba de haberse quedado ciego? Todo el mundo cree ver en eso una especie de broma borgiana, como cuando declaraba que apenas sabía inglés o que la mayoría de sus textos eran plagios. Nosotras sabemos que era verdad, que se alegraba de haberse quedado ciego y que no le habría importado ser parapléjico. 

Acordaos de "El inmortal". Cuando la gente entiende que no se va a morir nunca, lo primero que hace es sentarse. Casi no necesita comer ni beber y las cosas del mundo dejan de interesarle. Uno de ellos tenía un nido de pájaro encima. Otro llevaba cientos de años en un pozo. Los pibes se habían desconectado de su carne. Ya, ya sabemos que al narrador de ese relato le repugna la vida infinita (y troglodita) y elige la mortalidad. ¿Pero a Borges? Volved a leerlo. La delicia que emana de las páginas que describen la aldea de los inmortales nos dice otra cosa.

Acordaos ahora de "Utopía de un hombre que está cansado". La vida humana se ha alargado en cientos de años, otra vez. Las estructuras sociales se han disuelto por aburrimiento de los interesados. La gente no se reproduce, vive sola, alejada una de otra, en medio de la selva, en una autosuficiencia frugal. Cuando le peta, se suicida.

Tanto los inmortales como los habitantes de la utopía futura han desconectado su mente de su carne. No tienen más deseo que la meditación. No les mueve ningún placer: ni la gastronomía, ni la posesión de objetos, ni el poder, ni los vicios, ni por supuesto el sexo. En todos sus relatos, Borges (contemporáneo de Henry Miller, William S. Burroughs o Anaïs Nin) folla una sola vez y lo describe con una sola frase. Para que alucinéis: "Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica".

Ese país postcarnal es también el nuestro. Uno en el que la carne humana no impone la acumulación de bienes, el vestido, la sofisticación del alimento, el abuso de poder, el mandato del sexo y la competición desaforada para atraer pareja para la cópula, el crecimiento desaforado, la sobrepoblación. Uno en el que tratamos de extirpar del planeta el cáncer que llamamos carne, la metástasis que llamamos sexo. Uno en el que dormimos en camas que no llamamos nuestras y nos sentamos en el suelo y nos convertimos en ángeles ciegos, y nos hacemos viejos. Buscamos a Dios en las palabras del Otro. El silencio restablece el equilibrio.

Ese país existe y se llama Camp Joy y es difícil y caro llegar a él, pero nadie puede salir sin dejar en él su carne. Venid pronto.

4.12.13

UN AÑO CHECO, 5X08

UN SUEÑO


Soñé que era una puta. Era mi primera vez. Me acompañaba una amiga puta que sabía lo que se hacía. Estábamos detrás del Eroski en bragas y sujetador, con un abrigo de baratillo que teníamos que abrir cuando pasaban los coches. Hacía frío pero sobre todo notaba la taquicardia y el temblor de las rodillas y el cuello. Paró un coche ante nosotras (no ante nosotras, unos cuantos metros más adelante, para obligarnos a ir hacia él) y mi amiga habló con el conductor. Volvió y me dijo: quiere que te subas tú. Y me abrazó y añadió: ya verás cómo no es nada del otro mundo. Preciosa. Y me quedé dándole vueltas a ese adjetivo, porque a fin de cuentas todo esto era un sueño y yo seguía siendo yo, aunque de repente tuviese tetas.

El conductor era repulsivo y estereotípico y se parecía un poco a mí. Le olía la boca, estaba mal afeitado, le sobresalía la panza, etcétera. Hola, guapo, ¿vienes cach, empecé a decir, hasta que el pánico me cerró la garganta de repente. El tipo sonrió exactamente como sonreiría alguien a quien el miedo del otro excitase, y arrancó. Llevaba puesto un disco de León Benavente que sonaba muy, muy fuera de lugar. Como yo, de fuera de lugar, más o menos. Salimos a la carretera de Beniaján y yo dejé de intentar sonreír o soltar los comentarios picantes que me había recomendado mi amiga, un poco porque mi órgano fonador no funcionaba y otro poco porque acepté el acuerdo sin palabras que me proponía el calvo con su sonrisa, que consistía básicamente en que no solo no era desagradable, sino que era preferible que yo dejase de intentar reprimir la exteriorización de mi terror. Más tranquilo (es un decir) por ese lado, podía mirar hacia adelante con la boca abierta y envolverme en el abriguillo con todas mis fuerzas mientras el Astra giraba a la derecha por un camino de tierra entre bancales.

Mientras esperábamos tras el Eroski y mi amiga me iba dando consejos que nadie la había pedido, yo pensaba en cómo conseguir aplacar el miedo (y, de paso, también el hecho de que en realidad soy un tío hetero) hasta un nivel que no me impidiese disfrutar del acto. Ahora me hacía gracia haberme planteado eso. El tipo emanaba ese extraño olor de los enfermos hepáticos. A mi amiga le costaría media hora tan solo ponérsela dura. Cada décima de segundo cruzaba mi mente un pensamiento nuevo, algunos muy luminosos, como peces abisales cruzando un momento por delante de la cámara de un batiscafo que clásicamente desciende hacia profundidades récord.

Nos detuvimos. El señor se abrió la bragueta y se sacó el miembro, medio fláccido. Subió la calefacción y se quedó mirándome con delectación morosa.

- Ahora te tienes que quitar el abrigo, niña.

- (...)

- ¿Estás tonta? ¡Que te quites el abrigo, joer! -pero no había urgencia en sus palabras, sino cierta intención lúdica de modular el miedo que me producía, buscando la configuración que más excitación le proporcionase. Me quité el abrigo y empezó a manosearme las tetas. Se me escaparon varios sonidos asémicos, y los dientes me castañeteaban ya sin moderación. Tal era la satisfacción del señor que la ceniza de su cigarrillo caía a discreción sobre su propia ropa. Dedicó una mirada a comprobar la acumulación de esta ceniza sobre sus pantalones y pareció sorprenderse de haber alcanzado una erección completa.

- Ahora me la vas a chupar.

Traté de diferir el momento cogiendo el miembro con la mano, pero el hombre me agarró por la muñeca con fuerza. Más bien con violencia. Antes de soltar, ya sabía que me había dejado marcas profundas. Esta violencia contrastaba con su expresión de deleite: seguramente no lo había hecho por enfado, sino por seguir jugando con mi miedo.

- No. Que me la chupes he dicho.

Me la metí en la boca, pero los nervios seguían impidiéndome controlar los labios para apretar el glande. Notaba el sabor en la lengua de los restos de orina, y los conductos nasales se me llenaron de un olor acre. Me vino una fuerte arcada y noté risas sobre mí. A continuación, el señor me agarró de la coleta con la misma mano con que sujetaba el cigarrillo, con fuerza. Perdí por tanto el control del cuello, y tensé el resto del cuerpo para recolocarme en esa postura sin dañarme las vértebras. La boca me temblaba en torno al pene del hombre. Me di cuenta de que estaba emitiendo sonidos, también.

- Más fuerte. Y no me gusta tener que repetir las cosas.

El pelo me tiraba hacia atrás las cejas y las orejas, y notaba el calor de las cenizas rodando sobre mi cabeza. Me concentré en apretar los labios, pero no podía. El señor debía de estar notando un temblor, una intención de hacer presión que el miedo aflojaba intermitentemente, como un parpadeo. También, supongo, los ruidos de mi glotis. Noté un tirón espantoso y me encontré mirando hacia arriba, aspirando una bocanada extra de aire, en estado de suspensión, a un palmo de la cara del señor. Percibí que se me escapaba la orina y me recorría el muslo. Dije una palabra por fin.

- Perdón.

- Te he dicho que no me gusta tener que repetir las cosas. Te lo he dicho.

- Perdón.

Logré recuperar el control de la musculatura de la boca. El ritmo de la felación lo marcaba el señor, aferrado a mi coleta. Ahora bajaba hasta la base del pene e iba subiendo, aumentando la presión, hasta repasar un poco más lentamente el glande, y bajaba aflojando. Oía sonidos de placer detrás de la cabeza. Notaba señales de dolor provinientes de todo el cuerpo, que se resentía de la tensión sostenida: las caderas, las rodillas, las lumbares, los pechos, que el señor no había dejado de apretarme con la mano derecha todo el tiempo, las cervicales, el cuero cabelludo, los codos, las muñecas (sobre todo la derecha) y la boca. No iba a poder mantener el ejercicio mucho más tiempo, pero trataba de alejar ese pensamiento para que el pánico no volviese a bloquearme los labios. No sé cuánto tiempo más pasó. En un momento dado, el señor me empujó la cabeza hasta abajo del todo e, inmediatamente, eyaculó. Los lenguetazos de semen en la garganta me produjeron una fuerte arcada y el reflejo de retirar la boca, pero tenía la cabeza bloqueada. El hombre gritaba casi. Hacia la última parte del orgasmo me soltó la coleta, pero yo no me retiré inmediatamente, porque no sabía si se esperaba de mí que me quedase envolviendo el pene con la boca hasta el fin. Por fin lo hice, y me desplomé en el asiento derecho, sobre mi propia orina, como si algo hubiese extraído hasta la última unidad de mis fuerzas. El abrigo estaba arrugado a mis pies, pero no conseguía reunir la suficiente energía como para hacer el movimiento.

- Ja ja. Si no tenías que tragártelo. Ay palomica.

Se puso a hacerse un porro. Toda la tremenda tensión del acto cedía en mí, y era sustituida por una intensa sensación de laxitud, de abandono. De retorno al útero, si queréis. Me preguntaba por qué en mi sueño, tan increíblemente detallado, no se sabía el destino que iban a tener los veinte euros que acababa de ganar. Qué necesidades debía atender con ellos. Tal vez la elasticidad del ser tiene un límite incluso en los sueños, y puedo estar en la piel de una puta del Eroski en el momento de comerse una polla pero no en su economía doméstica. Logré coger el abrigo y ponérmelo.

- ¿Es que tienes prisa? ¿No quieres fumar?

- No.

- Yo de ti le daría una calá. Porque pagarte no te pienso pagar.

- ¿No?

- No cojones. Que me has meao tó el coche, guarra de mierda.

Miro hacia adelante mientras se fuma el porro sin saber muy bien si debo salir del coche o la vuelta al punto de partida está incluida en el trato. Está incluida. Arranca y ponemos rumbo a Murcia. Al llegar a la calle, mi amiga no está.

- Hostias que voy a tener que esperarme a que vuelva la Loli pa explicarle lo que ha pasao.

Decido esperar en el coche yo también. Vuelve Loli, a la media hora. El señor sale del coche y habla con ella. Mi amiga se pone a gritarle algo. Acaban. Al reencontrarnos, me abraza. Me dice déjame que te vea lo que te ha hecho. Me dice mira que te he dicho que le cuentes chistes, que te hagas la valiente, que si no se te nota el miedo y te pasan estas cosas. Le digo me voy a mi casa, cariño, que tengo frío.

- Vale, pero una última cosa, aunque no me importe.

- Qué.

- Que nadie se va a creer que esto sea un sueño, Jesús.

- Anda, pijo. La crítica literaria del Babelia me va a dar a mí lecciones de narratología.

- Ponte como quieras. Gilipollas.

Y me desperté.

2.12.13

UN AÑO CHECO, 5X07

ARRE, BATO


Una vez tuve un amante poco memorable. Un tipo gracioso y encantador cuya gracia y encanto se gastaron muy pronto, un tipo en el fondo triste cuya utopía no era cósmica, sino placentaria. Me quería cada vez más y dependía de mí, cosas que no le ayudaban a brillar precisamente. A los tres meses de verlo, ya estaba cansada de sus cosas, y ya no me apetecía acostarme con él. Me obligaba a mí misma a hacerlo. Un par de veces acabó llorando en la cama. Mientras él sollozaba, yo me hacía hiperconsciente de cada uno de los elementos del cuarto: la pálida lámpara del Ikea, con su calidez franquiciada; el cuadro de Eduardo Pérez Salguero, con un Sonic sonriente y un mensaje banal; los libros de Bourdieu y de Susan Sontag; el inmenso cenicero y el recado de fumar pólenes; la música de Europa oriental, siempre sonando; la colcha de (mal) patchwork arrugada a nuestros pies; nuestra triste desnudez, nuestros relojes puestos y, por fin, nuestros móviles silenciados en las mesitas, como pasadizos hacia otras personas, solo momentáneamente cerrados. La sensación era intensa, y por tanto adictiva. Era como si los sueños amnióticos de mi pobre amante se hubiesen transmutado en un ectoplasma que hechizaba su habitación. Fuera, el sistema financiero internacional entraba en colapso y las multinacionales de productos alimentarios arrojaban a cientos de miles de pequeños agricultores latinoamericanos y asiáticos a las villas miseria de las grandes ciudades. Fuera, tremendas batallas ideológicas se libraban y se perdían en las cocinas de la líquida papilla de los medios de masas, y los países del mediterráneo eran arrojados a la hoguera purificadora del FMI. Fuera, y ya me callo, la gente perdía el trabajo, la casa y la tarjeta sanitaria. Pero, dentro, este estudiante de Sociología aficionado a mi regazo y al hachís lloraba junto a mí al ritmo de nanas búlgaras, y disparaba el mecanismo del retorno hacia el huevo. En esa época descubrí el complejo mundo de los lubricantes, por soltar uno de esos sarcasmos finales que cierran los párrafos de forma tan coqueta.

Empecé a decirle que lo quería y que lo deseaba. Muchas veces. De formas imaginativas y creíbles, cosa nada fácil, pues tenían que saltar el dique de su tristeza. Le mandaba mensajes al móvil. Le dejaba notas para que las encontrase más tarde: en la nevera, en el cajón de los calcetines, en un papel de fumar entre las páginas del libro que estuviese leyendo, etcétera. Nunca lo había hecho ni creo que lo vuelva a hacer. ¡Ánimo, Pierre Bourdienodoyuna!, le decía. Estoy enamorada de tu colcha, pero sobre todo de lo que hay dentro. O (entre las páginas siguientes del libro que él estaba leyendo) ya te tengo ganas otra vez, gato grande. Las hipérboles crecían y crecían, como mi factura de lubricantes vaginales. Nunca he sido tan feliz con nadie como lo soy contigo. A veces siento que estamos hechos el uno para el otro, y que si no te hubiese conocido mi vida no habría tenido sentido nunca. Etcétera.

¿Y todo esto por qué? No lo sé. No me conmovía la previsión de verlo sumirse en la desesperación, si lo dejaba. Me daba igual él. Pero estaba enganchada a esa ficción que decía que un vínculo trascendente nos unía. No. No estaba enganchada a ninguna ficción. Pero la ausencia de ficciones me tenía cansada. O sea: mi identidad me tenía cansada. Igual podría haberme entregado a una afición nueva, como el senderismo, o el anime, o las técnicas de venta. O comprarme un caballo. O recorrer Centroamérica con la ONG de unos amigos. Casi todas las noches me metía en su pequeño cuarto a sembrar un amor desolado, fumar polen de mala calidad, escuchar bandas macedonias de turbofolk. Ya no se llama Macedonia, decía él. Ahora es FYROM ([:fajrom]). Ah.

Hasta una noche en que lo dejé durmiendo y salí de su piso, bastante tarde, y me encontré con unos amigos que iban a bailar y me fui con ellos a La General. Allí nos encontramos un local lleno y rendido al dj, una temperatura de unos 40º y una humedad del 85%, tirando todo por lo bajo. La gente se quitaba la camiseta tras cinco minutos de baile. Eso hicimos nosotros también. En un momento dado noté una mano en el culo. Me di la vuelta y vi a un chico africano sonriente.

- ¿Qué haces?

- Toco tú culo.

Seguimos bailando, con el tipo introduciéndose más y más en el círculo. Mi amigo Salva le dijo algo, y Andrea también, pero él me había elegido a mí.

- ¿Cómo te llamas?

Kenneth

            (Creo)

- Kenneth, ¿quieres drogarte?

- No. ¿Cómo llamas tú?

- Olga

- Quiero cerveza, Olga.

- Vale.

- Me gusta tu culo, Olga.

- Vale.

Me llevé a Kenneth a casa en taxi aprovechando que mis padres no estaban. Los dos primeros taxis no quisieron llevarnos, porque el tipo había perdido la camiseta en el bar. Al llegar, le propuse que se duchase, y a continuación me metí yo. Al salir, lo encontré desnudo junto al frigorífico, comiendo copiosamente.

- So what's the frequency, Kenneth?

- Ja ja ja I will rather say... (criollo ininteligible durante un rato) ...come to me, baby. Come 'ere.


Luego estuvimos follando, con ansiedad y atletismo y menstruación, hasta que se hizo de día. Bajé las persianas y nos dormimos. Me desperté en medio de la oscuridad total y me costó trabajo reubicarme. Levanté las persianas eléctricas y me encontré sola en la inmensa cama de mis padres, ahora ensangrentada. Salí y volví a encontrarme a Kenneth desnudo y saqueando la nevera.

- Lo tuyo es la prostitución de gama baja, ¿eh, colega?

Se asustó y se le escapó el bol que tenía en la mano, que se rompió contra el suelo.

- No preocupes. Es un plato DINERA, del Ikea. Cuesta 1,59€. Te pagaré. O te traeré uno igual, como quieres.

- ¿Te sabes el catálogo del Ikea?

- Como allí todos los días. Olga, mira...

- ¿Qué?

- Llevas mancha de sangre.

- Es que soy un poco cerda yo, Kenneth- dije, mirando hacia abajo, los restos de sangre reseca en el vientre y los muslos, y también mirando por la ventana, hacia el exterior, donde mi melancólico sociólogo había atravesado la puerta exterior y avanzaba con paso decidido hacia la cancela y hacia un futuro inmediato más bien feo.

Suelo recordar mi historia con el sociólogo y con Kenneth. Lo hago sobre todo cuando leo las actualizaciones de estado que publican los poetas españoles contemporáneos en Facebook. El amor desbordante, la predestinación inefable que los vincula a la Poesía (siempre en mayúsculas). Lo nada que serían de no disfrutar de esa tarifa plana con las musas. Visualizo a profesores de instituto de pueblo hablando infinitamente de una novia que tuvieron y/o de una raya que se metieron en el Festival de Benicàssim de 1997, todo metáforas de fuegos que se apagan, la ceniza de los días o algo así, o todo hipérboles cósmicas y raptos místicos que indican que cada vez es más costoso espolear a un caballo tan cansado, por añadir metáforas también yo o qué. Ay, poetas españoles, cómo os comprendo. Conozco el truco yo también. Os deseo mucha suerte, o que se os aparezca un Kenneth. Metafórico o no.




17.10.13

UN AÑO CHECO, 5X06

OLGA


De todos los miembros del Club de la Tenia, soy la única a quien se acercan los o las relaciones públicas de los bares a regalarme invitaciones a chupitos. Están las Miralles, siempre con ese aire de ir de setas o de agua bendita. Está Paulo, su pinta de gogó perrofláutico. Jesús, a quien evitan por miedo a ser invitados a un bukkake, y el otro, a quien evitan por miedo a ser invitados a salir. Yo puedo disfrazarme de una Olga cualquiera, de cajera de Cajamurcia o de Hipercor, de chica Zara que ha quedado para acabar bailando sobre las barras. Es mi disfraz habitual, de hecho. Todos los días son halloween para mí.

Siempre he amado esos viajes de ida y vuelta al país de la normalidad. Nunca he necesitado visado, porque soy una señorita de Los Teatinos y todo eso de la buena presencia nos lo equipan de serie. ¿Sabéis los anuncios de cereales dietéticos, esas familias y esas casas impolutas, gigantescas y luminosas? Mi familia y mi casa podrían ser. Desde niña he buscado la grieta, y desde antes todavía he intuido que bajo esa superficie tan televisiva que recubre los exteriores y los interiores de mi barrio y mi clase se oculta una grieta imposible de cerrar, imposible de medir. Pero yo quería asomarme. Una buena parte del arte del siglo XX se ocupa de esa grieta, pero yo quería asomarme a la grieta de verdad.

La grieta de verdad está muy bien escondida. Hay dinero para alicatadores, para albañiles y, en última instancia, para mudarse. Para reinventarse, que es un verbo que nos encanta, signifique lo que signifique. Para terapeutas, cirujanos, entrenadores personales y rehab, para putas y cruceros y MBAs, para yoga y para diezmos y para comida orgánica y para las mejores drogas del planeta, para asesores fiscales y abogados, para hacerse nombres en el mundo del arte. Incluso hay dinero para tirarlo en falsas grietas, en experiencias liminares como pelearse con toda la familia, hacerse mochilera y vivir un año sin dar señales de vida, ni pedir el sueldecito, y luego volver de hija pródiga y tomarse otro año sabático recuperándose y yendo al gimnasio con mamá y a escapaditas de compras (París, Estambul, San Francisco) y a la peluquería y a aprender a repetir que en realidad has estado haciendo un intensivo de ruso en San Petersburgo.

¿Existe la grieta, o es una grieta falsa para las pelis de Buñuel o las novelas de Philip Roth? ¿Hay algo más que la fractura que creamos al buscar la fractura? He estado de okupa un tiempo (pero obviamente de falsa okupa, de chica-perdida, sin leer un solo libro ni enterarme de nada de lo que se decía en charla alguna), también he hecho el papel de despechada adicta múltiple que tanto adoran los psiquiatras con consulta privada. O he dejado pasar el tiempo. O he escrito ficción realista o realidad ficcional o ficción ficcional o realidad real. O me he metido en el papel que se me ofrecía de una forma obsesiva y total e inverosímil (a lo Daniel Day-Lewis, podríamos decir). Pero nunca pasa nada. Todo eso se incorpora, se pinta por encima, transcurre. Mi madre dice "la nena ha estado un poco plof desde que Fernando y ella rompieron, pero yo ya la veo mejor. Este año nos vamos a ir antes a la playa, a que le dé el sol y se bañe y le cambie la cara". Con esa simple declaración, repetida seis o siete veces, equilibra la tragedia politoxicómana que yo tenía montada, y la deshace. En resumen: que no existe tal grieta, porque para que la hubiera tendría que haber un muro sólido que pudiese resquebrajarse.

También, ya que estamos hablando de follar, he buscado-creado grietas a través del sexo. Pero no mucho. Me di cuenta enseguida de que, siempre que cumpliese la norma de la discreción, nada de lo que pudiera hacer yo en la cama iba a suponer ningún escándalo. Eso sí: debía hacerlo con personas de clases inferiores, para no aportar impurezas emocionales al ecosistema burgués de la ciudad. Tuve mi primer amante a los dieciséis: un joven profesor nativo de inglés de mi instituto. Conseguí que lo expulsasen. También a esa edad estuve acostándome con la hija del chófer de mi padre. A veces nos reíamos mucho. Las dos estábamos embarcadas en parecidas investigaciones.

A continuación tuve un novio poeta y alcohólico doce años mayor que yo. Lo llevé a cenar a casa una nochevieja, pero antes lo invité a unos cuantos whiskies, para que su lengua se hinchase y soltase, y su coherencia fallase. Cruzó en estado de ebriedad el recibidor de mi casa, vestido con una americana negra sobre una camiseta roja donde se podía leer Marx Attacks! sobre un dibujo del viejo Karl caracterizado de marciano malvado. También llevaba unos pantalones vaqueros de Springfield, bastante gastados, y unas botas Chuck Taylor que alguna vez habían sido verdes, llenas de agujeros y manchas de roña. Sabía que había pasado horas maquinando ese look, como si fuese un mensaje subversivo que introducir en la casa del gran industrial de los envases, en la noche de fin de año. Pobre Pedro.

¿Qué más queréis que os cuente? Participé en tríos de la mano de hombres muy en su papel de pigmaliones de la desinhibición, a quienes yo más bien veía en el papel de siervos bien instruidos. Siempre me llevaban con putas, porque no tenían amigas que quisieran participar en la actividad, y ni se planteaban permitir tocarme a los muchos amigos que sí habrían querido. Así de desinhibidos eran, mis chicos. Luego siempre me decían te quiero, y a mí me avergonzaba. No entendía por qué necesitaban compensarme emocionalmente. Pensaba que me tomaban por tonta. Ahora sé que me lo decían en serio, y que la desesperación que los consumía cuando los dejaba también era real. Para pagarles a las putas se veían obligados a ahorrar o a pedir prestado. A veces me ofrecía a pagar yo, pero nunca me dejaban. Eran camareros, comerciales, artesanos del cuero o diseñadores gráficos, pero no se veían como proletarios, sino como artistas. Artistas planos.

Y qué queréis que os cuente, yo qué sé. Una vez tuve un amante que solo quería de mí que me tumbase junto a él y lo observase masturbándose. Estuve con un profesor de la UMU que tenía un micropene y se avergonzaba de él, y me hizo mucha gracia que toda la excelsa teoría que forraba las paredes de su casa no le hubiese ayudado a superar su complejo ni un poquito. El falo más grande que he visto, una manguera violácea de treinta y cinco centímetros que tardaba veinte minutos en ponerse erecta, era de uno de sus alumnos. No me lo pasé mejor con él que con su profe. En general, siempre me lo he pasado bien, nunca he tenido experiencias desagradables ni nadie me ha hecho sentir violentada o presionada, pero las estrictas normas que me inculcaron en mi adolescencia, sobre todo la de restringir mis aventuras sexuales a las clases inferiores, me han impedido disfrutar de la intimidad, de la sensación de descorrer un velo y traspasarlo con un igual. Mis alternativas a esa ligera insatisfacción son escasas: la frigidez o el matrimonio con un igual, o ambas cosas a la vez. Conozco a algunos chicos que serían candidatos aceptables, e incluso me caen bien, pero me basta con verlos entrar a un bar pasadas las dos de la madrugada para saber que también ellos tienen un largo historial de depredación a sus espaldas, y tampoco saben hacer otra cosa. Doy por bueno, qué demonios, este pequeño inconveniente de clase. Lo superaré. De vez en cuando atravieso largas fases de celibato, como las atravieso de politoxicomanía, obesidad, desarreglo nervioso o escritura compulsiva. Ni cincuenta años de MDMA intercalados de dentistas y rehab conseguirían borrar mi nombre de las acciones de mi padre. Y mira que he intentado cosas. Cosas que vosotros no debéis intentar en casa, porque vuestro nombre sí se borraría.

3.10.13

INTERMISSION

Dentro de la pereza, están las ensaladas. Dentro de las ensaladas hay cualquier cosa que uno tenga en la nevera. Por ejemplo, brotes de soja. Dentro de los brotes de soja hay un nódulo de podredumbre, negro y pequeño pero que amenaza con contagiarse a los demás. Dentro de ese nódulo está la tristeza. La tristeza contiene a su vez un número de elementos, casi todos extraídos del pasado, pero no todos. Dentro de los elementos no pretéritos de la tristeza están los solipsistas del mundo. Dentro de los solipsistas (no fuera, como suele) está el mundo. Pero es un mundo bastante subjetivo, si lo pensáis. La diferencia entre realidad y ficción no es que se haya "desdibujado", como suele ocurrir en las contraportadas chachis de la literatura puntera, es que no importa, porque nunca nadie va a venir a separar ambas cosas. Como mucho, las separaciones se hacen de forma totalmente arbitraria, utilizando títulos random y numeración de ésa de piratearse las series. Por último, dentro de ese mundo chino de que veníamos hablando, hay intermedios que llamamos "Intermission" en homenaje a "Help!", la peli de los Beatles que tanto abundaba en ellos. En los intermedios no hay, aparentemente, nada. Pereza, como mucho.

25.9.13

UN AÑO CHECO, 5X05

MÁS TURBACIÓN


Nací en Europa Occidental a principios de la década de los ochenta. Mis dos opciones eran: neurosis u oligofrenia, y yo elegí. Los que mandaban empezaban a darse cuenta de que toda esa libertad sin ira de las canciones podía no ser tan deseable a fin de cuentas. Recuerdo haber visto por la tele al Cojo Manteca, que era muy malo y feo y rompía con su muleta todo lo que se encontraba. A la niña de quince años a la que la policía le pegó un tiro en la misma manifestación no recuerdo haberla visto tanto, claro. Por la radio sonaban cosas como Camino Soria, de Gabinete Caligari, o Jardín de rosas, de Duncan Dhu. Para nosotros las opciones eran dos: Mecano, o Cojo Manteca. OTAN o bases. CEE o Franco. Tiro en el culo, o reforma laboral. Robert Zemeckis o incomunicación.

Vi Regreso al futuro tres veces: un viernes, un sábado y un domingo. Es la primera película de la que guardo recuerdo. Si sus colores ahora os parecen chillones, imaginaos cómo me parecían a mí, a los cinco años.

Como todos los que nos dedicamos a actividades creativas, como la literatura, el hikikomori y/o la administración y dirección de empresas, paso mucho tiempo en mi propio pasado. Una vez allí, busco. Se trata de una búsqueda de carácter sexual, concretamente una caza de material masturbatorio. Voy a hacer un chiste fácil: el presente plantea un déficit estructural de turbación, y necesitamos más. Entramos en la máquina del tiempo y ajustamos sus controles hacia exactamente diez minutos atrás. Entonces salimos desnudos de la máquina y nos follamos a nosotros mismos. A quienes éramos. Esa autoviolación diferida es el principio activo del noventa por ciento de la literatura disponible. Suele terminar en gatillazo.

Mi primera vez fue con una chica que se había encaprichado de mí y que proclamó a los cuatro vientos que me iba a despojar de mi virginidad en la madrugada entre el viernes veinticuatro y el sábado veinticinco de septiembre del año mil novecientos noventa y nueve, en el altillo del bar Ítaca, donde ella trabajaba, después de cerrar. Fue una experiencia horrible que no sé cómo pude llevar a término. La taquicardia y la desesperación me hicieron proferir dos frases erróneas que arruinaron mi esperanza de repetir con la muchacha: primero pedí permiso para correrme (no sabía si era mi turno, ni si había turnos) y luego para abrazarla. Supongo que ésta fue una de esas no tan raras ocasiones en que la neurosis se confunde con la oligofrenia.

El último párrafo ilustra lo que quería demostrar en el penúltimo.

Una vez follé con una chica de la que llevaba enamorado un año. Lo hicimos en una playa, después de una noche de fiesta. Aún no había amanecido y me quedé flotando desnudo, haciendo el muerto en el agua. Había fumado un montón de polen y mi percepción del tiempo estaba distorsionada. A la felicidad y las endorfinas se sumó la sensación de estar notando la rotación del planeta, bajo las constelaciones estivales. El silencio.

Me dormí. Soñé que flotaba río arriba, y que poco a poco me iba haciendo más pequeño. El río me dejó al borde de un prado. La hierba era muy alta o yo la percibía así porque tenía seis años otra vez. Había flores, mariposas y una luz perfecta que solo podía ser producto de un filtro muy caro. Campaban a sus anchas por allí todas las mascotas que han vivido conmigo alguna vez, pero no en sus últimos días de obesidad y pereza, sino en sus mejores tiempos: mi gata Nina, que se murió de vieja, era por arte de magia tan joven como su propio hijo, mi gato Nino, que se cayó por la ventana mi primer día de clase en la uni, y lo mismo un perrito mestizo que tenían mis padres y que apenas recuerdo. Mis padres también aparecieron, muy jóvenes y flacos, guapos e inocentes y enamorados. Iban desnudos como yo. Aún se me ponen los pelos de punta al recordar el abrazo que nos dimos, dentro del sueño.

Nos bañamos en el río, encendimos un fuego y asamos calabazas y pimientos. Después me envolvieron en una manta y me cantaron nanas que yo ya había olvidado. La voz de mi madre, la luz de la hoguera y las estrellas del verano me acompañaban al sueño, pero no me dormí. No quería perderme nada. Después de un rato, vi que mis padres se ponían a hacer el amor y supe que había llegado al centro de la narración. Todo lo demás: el río, el prado, las flores, las mascotas, la hoguera y hasta las constelaciones estivales emanaban del sexo de mis padres y eran, pues, sexo a su vez. También yo, obviamente. Me desperté.

Me desperté solo y sin ropa a una hora en que las señoras ya clavaban las sombrillas por doquier, pero ésa es otra historia que no viene al caso.

El sexo es un atractor extraño. Hace gravitar en torno a él al resto de circunstancias en movimiento que lo rodean, y les impide escapar. De este modo, genera una figura dinámica que perdura en la memoria. A esta metáfora cósmica le añadiremos unos convenientes agujeros de gusano, para viajar en el tiempo.

Suelo desear que no existiera.




6.9.13

UN AÑO CHECO, 5X04

JESÚS


Nací en 1977 y empecé a perder pelo en 1997. Son veinte años justos. En realidad empecé a perder pelo en 1995, pero he puesto 97 para no obligaros a calcular demasiado.

En ese momento, a mitad de los años 90, con la carrera recién empezada y dos números de un fanzine sobre música electrónica en la calle y algunas novias y algunos viajes y algunos experimentos tóxicos en el cuerpo, me levanto y me miro al espejo y observo una pequeña pero súbita tonsura en mi pelo cortado al cazo.

Podría haber luchado. Podría haberme resistido. Raparme. Llevarlo con humor y dignidad. Aprender del hecho de que, por primera vez, las cosas no me saliesen bien. Tampoco mal. Quedar beta en algo. El fracaso eventual. La etiqueta subprime. Todo el mundo es beta en algún aspecto, como repiten millones de psicólogos de highschool a millones de adolescentes suicidas/masskiller, todos los días, como un mantra. Nadie es perfecto. La vida de todo el mundo alberga derrota. La sombra engendra luz, como decía Valente.

Es mucha lucha, ésa contra la derrota, para que acabe engendrando luz. Y yo me rendí. Algo en mí propendía a la rendición sin que yo fuera muy consciente de ello, como ese deseo de que te maten tras pasarte el nivel 40 del Tetris. Un año después, no solo estaba ya tan calvo como ahora, sino que ya tenía este mismo buche. Sin saber aún nada de los hikikomori, ya pasaba entre veinte y veinticuatro horas al día en esta misma habitación de la casa de mis padres. Tardé en acabar Informática. Me habitué a un ritmo de vida de lo más vampírico: me despertaba alrededor de las tres de la tarde, me traía algo rápido para comer al cuarto y encendía el ordenador. Me compré una primitiva grabadora de cedés y ganaba dinero vendiendo discos copiados a los antiguos lectores de mi fanzine. No volví a tener una novia, ni una amante. No pisé un bar o un concierto durante todo el resto de la década, al menos. La sensación de rechazo, cuanto más puro mejor, era mi morfina.

Vi (veo) mucho porno. Mucho. Exploro esa sutil frontera de la sobredosis de porno que linda con la asepsia, con el hiato entre las imágenes y los trasmisores neuronales de la excitación sexual. Viajo hacia esa especie de nirvana entomológico en que el porno ha desbordado, por acumulación, mi genoma humano, y ya no me excita. En el centro de las imágenes hay un país de insectos.

Mis padres intentaron hasta hace un tiempo siguen intentando (oquei, seré sincero) que reciba atención psicológica. Me presionan amenazándome con retirarme su apoyo económico e incluso con echarme de casa. Cuando accedo a ver a alguien, siempre impongo la condición de que ese alguien venga a casa, a mi cuarto. En mis años mozos, los recibía con un amplio dossier sobre el fenómeno del hikikomori, del que jamás habían oído hablar. Siempre los liaba con eso. Mientras se ponían al día y empezaban a proponerme pequeños ejercicios conductistas, yo ya había convencido a mi madre de la incompetencia del sujeto o sujeta y podía quedarme tranquilo otra temporada.

Es cierto que tuve un trabajo durante un tiempo, de machaca de hardware en la tienda PC OK de un vecino. Más bien en la trastienda. También es cierto que me acostumbré a sacar fotos y vídeos de los ordenadores que tenía que reparar. ¿Veis esos discos duros externos? Ahí está todo. No me masturbaba con eso ni nada. O bueno, casi nunca. Lo hacía porque era lo que se suponía que un personaje como yo debía hacer. Por el mismo motivo me llevé un sofá al sitio y me quedaba a dormir allí.

Decidí estudiar Turismo para montar una web de viajes y no tener que hablar con nadie nunca más.

Esto último suena gilipollas. Pero es verdad. No por despecho, no por una pervivencia de la adolescencia, no por sociopatía. Para ver si era posible.

Rodearse de pantallas. Su luminiscencia amniótica.

Que en todas haya parejas follando y comiendo pollas y penetrando orificios y ensalivando piel humana.

Y que al hacer zoom puedan verse los insectos.


11.8.13

UN AÑO CHECO, 5X03

PATRICIA Y ÁNGELA MIRALLES


Las Miralles no hablan. Suben un día un enlace al grupo de Facebook: http://bit.ly/1eBTB2w. Es un texto llamado "Evangelio", un relato inédito de juventud de Juan Bonilla probablemente demasiado blasfemo para ser publicado en los 80. ¿Y esto a qué viene?, les preguntamos.

- Esto de qué va, nenas. Parece como autoayuda.

- Vaya chiste. No tiene ninguna gracia. Qué patético el narrador.

- Pero entonces, ¿hay que follar mucho para que Dios te quiera? No lo entiendo, chicas.

- ¿Y ésta es vuestra historia sexual? Menuda mierda, no salen ni tetas.

- Venga, va, y qué relación hay entre la historia y vosotras. ¿Habéis pasado por alguna época de follar mucho para que se os perdonen los pecados?

- Nosotras no hacemos eso.

- Entonces, ¿sois como el diablo, no? Porque si sois antisexo, sois diabólicas, aquí lo dice.

- No somos antisexo. Follar no follamos, pero nos encanta mirar.

5.7.13

UN AÑO CHECO, 5X02

PAULO


¿Alguna vez os habéis follado a un feo? Y no hablo de un feo encantador, ni una de estas personas que hacen que te preguntes dónde reside su atractivo. Me refiero a un blando, triste, plano feo sin nada con que compensar su fealdad. Peor: alguien cuya personalidad se ve afectada para mal por su defecto, enturbiada, deformada, envenenada. Sus experiencias no son vividas a pesar de su fealdad, sino a través de ella. No tienen mucha idea de nada. Toda su alegría es difusa, solitaria. Me lo suelo encontrar en sitios como el Temperatura Ambiente. Acaban de salir del armario a los veintipico y solo se relacionan con mujeres. El género masculino les produce pavor. Sus amigas suelen ser tontas y una noche deciden llevarlo al ambiente "para que se quite complejos". Entonces llego yo.

Contrariamente a lo que podáis pensar, no es fácil follarse a uno de estos feos, tristes, grises especímenes humanos. Llevan veinte años utilizando la huida como respuesta a todo lo que les pasa y cualquier pico de excitación los hace tomar las de Villadiego. Lo que suelo hacer es entrar en contacto con algún comentario simpático sobre su siempre horrendo look y me aparto a saludar a alguien. Entonces, sus amigas lo acorralan. Con frecuencia él ya está haciendo planes de fuga a esas alturas, pero ellas se los desbaratan. Le ordenan quedarse, le ordenan abrirse a lo que pase, le ordenan mandarme señales de deseo. El tipo (vamos a llamarlo José Pedro) tolera con obediencia estas intolerables intromisiones, y cumple visiblemente aterrorizado. Las chicas, a quienes suelo aborrecer con todo mi ser porque aunque no lo creáis yo también soy humano, están encantadas con todo lo que pasa, como si fuese normal que un ser del tipo de José Pedro ligase con uno del mío nada más poner un pie en un antro tan patético como ése. En fin. Una vez que ya sus supuestas amigas lo han aleccionado a dejarse comer por el gay alfa, vuelvo sonriendo.

La conquista sigue siendo difícil. El pánico impide a la presa disfrutar con el ritual o excitarse. No quiere estropear nada ni sabe qué va a pasar. Se siente a la deriva. Cuando introduzco en la conversación las primeras alusiones al sexo, se queda callado. El nerviosismo, a veces, le hace abrir la boca en muecas extrañas, le tiembla la cabeza y se ve obligado a sujetársela con la mano. Sale corriendo hacia el cuarto de baño, pero dos o tres de sus harpías (ahora son mis harpías) corren tras él.

Como todo ritual periódico, el sexo también corre el peligro de contaminarse de formalismo, de dejarse controlar por la dictadura de lo periférico.

Siempre que puedo, subo a casa de José Pedro en lugar de ir a la mía. En su habitación encuentro al fin muestras de que mi amante está vivo: coleccionismo, fandom, carteles de películas, cosas así. Igual le interesa la época dorada de Hollywood o los cómics de Tomine o Kraftwerk. A todo eso renunciaría en este momento, por mí. O por mi desaparición. Lo soy todo. Un semidiós de la época en que el mundo estaba aún por escribir. Y así seré recordado.

De modo que sí, que os recomiendo que os folléis a un feo, que os miréis en ese espejo. Que os folléis a un feo y también que durmáis en una habitación de un hotel de carretera. Uno muy viejo. Uno de esos establecimientos que empezaron a aparecer en los años sesenta, venido a menos y sin reformar. Yo lo he hecho muchas, muchísimas veces. Una vez me quedé sin dinero y sin trabajo. Mis amistades estaban quemadas y ya no podía pedir más refugio en sofás. Para dormir allanaba el último piso de estudiantes en que había vivido, que estaba vacío durante el verano. O hacía esto otro. Me colaba en gimnasios para ducharme, y allí robaba un macuto, cuanto más grande mejor. Me quedaba con su contenido y lo rellenaba de tierra y papeles de periódico, y me iba a las salidas de la ciudad a hacer autoestop. Me recogían camioneros y me dejaban en viejas áreas de descanso de la red de autopistas del estado. Entraba con mi macuto al motel y me registraba con una fotocopia falsificada del DNI. Me tumbaba en la cama y apagaba la luz.

Entonces esperaba la aparición de fantasmas. Pensaba en los cientos de cuerpos que habían dormido sobre ese colchón, entre esas paredes. En sus vidas difusas, extendidas sobre miles de kilómetros de carreteras infinitas. Pensaba en la impregnación de todas esas personas sobre las cortinas y las sábanas. En una sensación de soledad muy parecida a la mía. Pensaba en una religión postmoderna aprendida en películas de miedo con casas encantadas, o de amor tipo Ghost. Mística con Patrick Swayze. Con Iker Jiménez. Un culto en que nada ocurre sin pasar antes por taquilla. Y nada ocurrió. Jamás escuché ni una mala psicofonía, ni un triste ectoplasma me tocó mientras dormía. El rumor de los vehículos y el aire del ventilador. Nada más.

Por la mañana salía del hotel contando monedas, como si me dirigiese a la tienda de la gasolinera. Sin el macuto. Y ya no volvía. En el camino de vuelta solía robar limones para venderlos en los bares de pueblo que iba encontrando o cambiarlos por un almuerzo. Limones murcianos del mes de junio, tan amarillos que se recomienda el uso de gafas de sol. Y toda la consumística se deshacía. No solo los fantasmas, también la idea de los fantasmas.

Estas dos operaciones que he realizado tantas veces, la de follarme a un feo y la de comprobar la inexistencia de sobrenaturalezas, son de alguna manera opuestas, las veo opuestas. Un Paulo izquierdo hace una cosa, y un Paulo derecho la otra. Después de eso siempre nos duchábamos juntos.

3.7.13

UN AÑO CHECO, 5X01

SEXO

Como ya hemos asumido que no es elegante hablar de nuestra biografía sexual todo el rato, porque ya se sabe que quien presume carece, inventamos personajes. Amigos invisibles con quien nos une una relación infinitamente íntima. Hablamos de sexo a través de ellos: de lo que hemos hecho y de lo que hemos deseado, indistintamente.

Luego tratamos de adivinar qué hay de vivido y qué de imaginado en las historias de los amigos de los demás.

Luego modificamos las historias, para ponerle más difícil a los otros adivinar la parte de la ficción. Cada uno hace esto a su manera.

Jesús, por ejemplo, con sus camisetas de Kukuxumusu y Héroes del Silencio y su calvicie y su sedentaria vida de técnico de reparación de ordenadores, aparece siendo utilizado por grupos de dos o tres chicas, vestidas con bikinis de plástico de colores vivos y guantes sanitarios de látex. Estas dominatrices tan comunes aparecen de súbito en la habitación de nuestro amigo, lo desnudan, lo amordazan, lo obligan a arrodillarse sobre una extraña silla sin apenas respaldo y lo inmovilizan envolviéndolo en film transparente, de uso alimentario. Dejan el pene fuera. A continuación lo masturban entre las tres. Cuando eyacula, se regocijan y ríen, poniendo falsas caras de asco al señalarse gotas de semen sobre la piel. El tipo, que está amordazado, emite ruidos de cerdo al llegar al orgasmo, muy fuertes. Esto provoca hilaridad. No solo entre las dominatrices, también entre nosotros.

Jesús juega a este juego sacándose del plano. Sabemos (al menos algunos de nosotros sabemos) que ha experimentado con prostitutas, pero prefiere mantenerse en una narración compuesta de tópicos del porno japonés.

Paulo es tal vez el más previsible. Sus historias son un muestrario de tópicos iniciáticos de la sexualidad gay. Juega a epatar, a “todo es verdad aunque no os lo podáis creer”. Fisting, orgías, enemas, glory holes, parafilias de sobrepeso y precios del popper.

Y entonces está Olga. Su alter ego es un macho alfa de la especie humana. Ella aparece como amante eventual. El tipo muestra una sinceridad absoluta, una sinceridad de personaje de ficción. Entra a un bar como quiera que entre a los bares un bello y musculado David de 1,90, y allí saluda, bromea, charla, esquiva a antiguas amantes, bebe, baila y, llegados a cierto punto, mira a su alrededor en busca de pareja sexual.

Ya hay algunas candidatas enviándole señales, del tipo bailar con movimientos sexis delante de él como quien no quiere la cosa, mirarlo alternativamente a los ojos y a los labios, plantarse al lado o decirle “anda, moreno, invítame a algo, ¿no?”. Entonces, el álter ego masculino de Olga, a quien a veces de broma hemos llamado Olgo, filtra. ¿Y cómo filtra? Plantea prácticas sexuales levemente humillantes, como eyacular en la cara de la chica, o practicar el coito anal. Lo hace de forma muy directa: “Me voy contigo si me dejas hacerte x”, y a continuación se queda mirando a la chica. A las que dicen sí en el momento las desecha. También, obviamente, a las que dicen no. Se queda con las que dudan, con las que se ponen nerviosas, con las que no están seguras de si podrán aguantarlo con dignidad. Esa reticencia dubitativa, que a veces se resuelve a su favor pero otras veces no, le provoca una erección.

Una vez en su casa suele proponer, además, grabar en vídeo la sesión. Las batallas internas que libran esas chicas consigo mismas antes de responder lo excitan tanto que, a veces, sufre eyaculación precoz. La cámara enfoca ante todo la cara de la mujer. Su porno, que usa luego profusamente, a lo largo de la semana, son los vaivenes emocionales de su one night stand.

¿Quién es Olga, qué es verdad, quién es el protagonista de las historias y qué distancia media entre él y nuestra amiga? Vemos al tipo en la puerta del Musik a las seis de la mañana, diciéndole a una chica que quiere hacerle un pearl necklace y grabarlo en vídeo. La chica pregunta qué cosa es un pearl necklace e intuimos que él ya estaba previendo con placer esta pregunta y la explicación subsiguiente. Ella pone cara de duda, se toca el cuello, mira hacia otro lado. Dice no y sube a un taxi que sale en dirección sur. Sin embargo, antes de llegar al río, se lo piensa otra vez y le ordena al taxista volver a la puerta del bar. La carrera son 3,55 y creemos en esa cifra, en esos tres numeritos rojos en el taxímetro al detenerse junto a la plaza de toros. Ahí está Olga saliendo del vehículo y ahí está el chico fumando todavía y algo va a ocurrir, algo que emerge de la ficción y (al menos a Jesús y a mí) nos acelera un poco el pulso y nos provoca una erección considerable.

A veces me animo y hablo en ese momento. Mis personajes son dos: chico y chica. Son amigos y se desean, pero él es de tipo neurótico y oculta consciente o inconscientemente su deseo, por miedo al rechazo, y las señales que ella envía son demasiado débiles o ambiguas para un introvertido. Piensan el uno en el otro cuando se masturban, y de algún modo consiguen visualizarse exactamente como son cuando no llevan encima ninguna ropa, y adivinan los fetiches reales del otro, y aprenden de sí mismos, y cada vez follan mejor, y esa relación sexual les produce dependencia, e inevitablemente comparan para mal cuando en la vida real se acuestan con otros, y rechazan, y no se hablan, y el asunto se vuelve tóxico, y sufren etcétera.


Las Miralles se limitan a sonreír.