10.1.14

UN AÑO CHECO, 5X10

SATURNALIA


A principios de mes empezamos a recibir noticias de Camp Joy: las Miralles habían decidido celebrar la festividad pagana de la Saturnalia, el solsticio de invierno, y toda la comunidad se hallaba inmersa en los preparativos. Los preparativos, parecía, eran muy Miralles: ayuno colectivo, vigilia, purificación con infusiones de hierbas, etc.

A Olga le llamaron la atención ciertos matices eróticos de los ritos, como el afeitado mutuo integral o la aplicación de unos a otros, al calor de abundantes estufas, de aceites hidratantes. A Jesús también.

Supimos que, en efecto, las Miralles estaban hablando todo el rato de sexo. De sexo en grupo, para ser más concretos. Organizamos una visita. Encontramos a todo el mundo afeitado, sin un pelo en la cabeza, ni siquiera en las cejas o las pestañas. Alguien se nos acercó y nos dijo hola en voz baja.

- ¿Paulo?

Hacía meses que no lo veíamos. Tenía una pinta muy rara, pero sonreía. Llevaba una especie de hábito de monje, grueso y áspero. Como a los demás, la piel le brillaba por los aceites hidratantes. Lo besamos. Emanaba un olor agradable, pero perturbador.

- ¿Y las rubias?

- En el pabellón.

En la plaza central habían instalado una inmensa carpa circular, parecida a un circo, pero hecha de plástico de invernadero. Dentro había lámparas, que proyectaban sombras de gente moviéndose contra las paredes semitranslúcidas, y unas cuantas estufas, a juzgar por las chimeneas que arrojaban humo de leña al cielo de San Joy.

- Vamos.

- Al pabellón no se puede entrar con pelo ni con ropa.

- No me jodas.

Paulo señaló una cabaña.

- Tienes que encontrar a alguien para que te afeite el cuerpo. Está prohibido hacértelo tú mismo.

- ¿Y cómo se van a enterar?

- Se lo tenemos que decir nosotros. Nadie puede quedarse solo, sin que nadie lo vea.

- ¿Estás de coña? ¿Y para cagar?

- A las letrinas se va de tres en tres.

- ¿Y por qué no de dos en dos?

- Creo que es para evitar tentaciones sexuales. No estoy seguro, pero me parece que las infusiones y los aceites que tenemos que usar ahora llevan algún tipo de afrodisíaco natural.

- ¿Está prohibido follar?

- Está prohibido masturbarse o tener relaciones sexuales hasta el día de la fiesta, sí.

- ¿Y ese día ya se puede?

- Ese día ya se puede.

- Madre del amor hermoso, Paulo.

- Ya.

Nos tumbamos en el suelo y metimos la cabeza bajo el plástico del pabellón, por el lado menos visible. Junto a una de las estufas había un corro de gente desnuda y oleaginosa, mirando algo. Ese algo parecía ser un hombre que gritaba y/o lloraba. Entrevimos a unas calvas Miralles, arrodilladas ante él. Tardamos un rato en darnos cuenta de que el tipo estaba atado de manos a la estufa que tenía a la espalda, y que una de nuestras compañeras estaba introduciéndole una sonda por la uretra, con bastante esfuerzo. Cuando acabó, la otra le ató la bolsa de la orina a la pierna con cinta aislante, y a continuación le envolvió los genitales con el mismo material, dando varias vueltas por la espalda y en torno a los muslos.

- Hostia puta. ¿Y eso qué es, Paulo?

- Es su castigo por haber infringido lo de la castidad. Él solo o con alguien. Creo que ha sido con ése de la derecha que llora, porque hace un rato no llevaba la sonda.

- Estamos bien jodidos, Paulo. Los seis. Bueno, a ellas igual les da lo mismo ir a la cárcel. Nosotros cuatro estamos jodidos.

- Ya lo sé.

- No sé qué hacer. ¿Se os ocurre algo?

- (...)

- Mierda. Vamos a ver. ¿Aquí la gente lleva el móvil encima?

- No. Se lo das a las Miralles nada más llegar, y nadie sabe dónde se guardan.

- ¿Y qué le impide a ésos del taparrabos coger e irse ahora mismo?

- No quieren. No se va nadie.

- ¿Nadie?

- No se ha ido nadie desde hace por lo menos un mes. Y siguen llegando a pesar de la pinta que tenemos ahora y lo raro que es todo. Estamos a reventar de gente.

- ¿Esto de la Saturnalia cuándo va a ser?

- Empieza el martes 17.

- ¿Empieza? ¿Hasta cuándo dura?

- Hasta el día 24.

- Me cago en dios.

- Pues ya, Olga, y yo qué quieres que te diga.

- Que pienses, quiero, joder.

No pudimos concentrarnos mucho, sin embargo, porque justo en ese momento llegaba otro tipo a la estufa y se dejaba atar por las Miralles. Era el lector de Praga. Sonriendo mientras lo sondaban.

- ¿Qué hace éste ahí en la estufa?

- Lleva una semana en estado de erección continua. Lo habrán denunciado por hacerse una paja, o por frotarse contra algo. Ya os he dicho que está prohibido eyacular, que el semen debe reservarse para la fiesta.

- ¿Y cuándo llegó?

- Hace una semana.

Nos reímos con ganas. Las Miralles también se estaban riendo de algo en ese momento, arrodilladas ante el lector. Era posible apartar el miedo y ver todo el asunto como un asunto de granja, de anécdotas que ocurren con el ganado. Pero solo un momento. Detrás de nuestro viejo conocido venía una chica mucho menos complacida ante el castigo. Miraba hacia abajo y temblaba de miedo mientras la ataban. Le ordenaron abrir las piernas y empezó a gritar. No. Me quiero ir. Soltadme. Por favor. Me duele. Me quiero ir a mi casa. Las rubias recuperaron su expresión autoritaria. El pañal de cinta aislante que le adhirieron no tenía abertura para defecar.

- Hay que hacer guardia en el camino. Si ésta quiere irse, hay que hacer un trato con ella para que se calle.

- No se va a ir.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque lo sé. Apuéstate lo que quieras.

- ¿Por qué lo sabes?

- Porque sí, joder. Hazme caso.

- ¡Explícate, coño!

- Bueno, vale. Sé que no se va a ir porque sé que esas cosas las ha dicho por miedo, pero no las piensa en realidad. Y sé que las ha dicho por miedo porque yo dije cosas peores ayer.

Se abrió el hábito y nos enseñó su envoltorio de cinta aislante y el tubito de su sonda.

- Dios, Paulo.

- ¿Qué? ¿"Dios, Paulo", qué? Imbéciles. Vamos a cerrar la puta boca mientras pensamos en soluciones. O me meto en el pabellón, me sirvo un té y me olvido de vuestra existencia.

- (...)

- Vale. De todas formas sigo pensando que hay que hacer guardia en el camino y cortar  las llegadas. Ya tenemos aquí cuatrocientos problemas en potencia, no necesitamos más.

- Las Miralles os quieren aquí a todos para la fiesta. Piensan cerrar el pabellón esos días..

- ¿La carpa ésa de plástico? ¿Cerrarla cómo?

- Con silicona.

- Por un lado me alegro de que no pueda haber fugas, pase lo que pase.

- Y yo.

Ejecutados los castigos del día, la gente se aplicaba ahora en otras cosas, instalando unos extraños aparatos de gimnasia o de tortura, tinajas para abluciones, una bañera gigante, cosas así. También había, dentro del pabellón, objetos más ortodoxos, como largas mesas rodeadas de sillas, cientos de futones enrrollados o una marmita para el té. Los miembros de la comunidad se paseaban de un lado a otro en pequeños grupos, con actitud de alegría tensa. Muchos se impregnaban mutuamente de aceite. Abundaban las erecciones y los pezones endurecidos, y cierta expresión en la mayoría de los rostros que nos transmitía una especie de sí, bueno, me estoy comportando como una puta cabra por unos días, pero la barra libre de sexo de la semana que viene va a merecer toda la pena de sobra. Como ejemplo, Paulo, que daba por bueno hasta pasarse ocho días sondado. Sin embargo, no podíamos dejar de pensar en lo explosivo de la situación, en la posibilidad de que alguno de los muchos y poco convencionales actos sexuales que estaban a punto de realizarse culminase en un no consentimiento, una exposición pública de lo sucedido, una denuncia.

¿Queríamos participar? Claro que sí. Nos decíamos que teníamos que estar, pero en el fondo la idea nos provocaba algo de taquicardia, pulsaciones en los esfínteres, mariposas en el estómago y cosquilleo en la próstata. Había muchos cuerpos apetecibles entre los habitantes de Camp Joy Division, según la denominación recién inventada por el puto, puto loco de Jesús. Y esos cuerpos eran nuestros.

Afeité a Olga en presencia de Paulo y Jesús. Nunca la había visto desnuda, pero conseguimos hacerlo sin que resultase demasiado embarazoso. Había todo tipo de instrumentos y productos. Después, Paulo me afeitó a mí, y Olga a Jesús. Nos embadurnamos de aceite y entramos a ver a las Miralles.

Les había cambiado la voz. Nos abrazaron a todos e incluso se permitieron alguna broma sobre nuestra desnudez, alguna insinuación sexual. No respondieron a ninguna pregunta. Era obvio que ya no iban a dejarse aconsejar ni reconducir: por el motivo que fuera, la idea de la saturnalia las había cambiado. Ni rastro de la evanescencia complaciente que las caracterizaba hasta hacía apenas diez días. Hasta su delgadez mórbida se había convertido en una esbeltez musculada bajo la capa de aceites. Su actividad era frenética. Se alejaron enseguida para coordinar algo y nos dejaron a todos una pregunta que ya no nos abandonaría. Si sería posible follar con ellas, de alguna manera, en la fiesta. Más que una pregunta, era un virus que nos robaría capacidad cerebral, en los próximos días.

So pena de ser amordazados con cinta aislante y alimentados por vía intravenosa hasta la fiesta si probaban algo, los habitantes de Camp Joy (Division) almacenaban cantidades industriales de comida, bebida y drogas en un rincón de la carpa, mientras apuraban los últimos días de un semiayuno muy estricto basado en infusiones y pan ácimo.

Hicimos planes para disolver nuestra sociedad tras la fiesta y mudarnos lejos de las Miralles y su explosivo campamento. A continuación establecimos turnos para hacer guardia en el camino de entrada. A los que llegaban les hacíamos dar la vuelta y les decíamos que lo intentasen de nuevo después de Navidad, que todo estaba completo. Algunos acamparon a unos metros de nosotros, esperando un descuido para colarse, pero conseguimos mantenerlos a raya hasta la víspera del festival. A la caída del sol, nos reunimos bajo el plástico. Unas chicas sellaron las entradas con silicona un rato después.

Las Miralles se colocaron una contra otra, en el centro del pabellón, mientras los demás nos sentábamos en círculos frente a ellas. Habían ensayado un discurso simultáneo.

- Ésta es la última noche de ayuno. Mañana, a la salida del sol, desaparecerán todas las prohibiciones. Pensad ahora qué queréis hacer en primer lugar, porque ese acto será sagrado.

Alimentamos las estufas y desenrrollamos futones para dormir en torno a ellas. No sé qué soñé, pero a veces, para mi desgracia, me llegan imágenes sueltas de ese sueño. Me despertó un murmullo generalizado. Al otro lado del plástico había ya cierta claridad, así que tal vez las prohibiciones ya hubieran desaparecido, pero como las Miralles estaban quietas y con los ojos cerrados en el centro del circo, nadie podía estar seguro de ello. Por otra parte, había un magnífico desayuno servido: café, leche cremosa, bollos, pan blanco, mermeladas, jamón cocido, tomates, aceite de la almazara del campamento, miel silvestre y azúcar moreno. Comíamos y nos mirábamos. Mientras nuestros cuerpos acogían los alimentos de que se habían visto privados durante tanto tiempo, un estado de ánimo excitado y juguetón se iba apoderando de nosotros. La sensación de fraternidad era muy intensa. Recuerdo que decidí hacer el amor con Olga en algún momento de los días siguientes, o al menos intentarlo. Puede que pensase algo parecido sobre Paulo. Extendí tomate sobre una rebanada de pan mientras una chica frente a mí, muerta de risa, le ponía aceite hidratante a una amiga. De improviso, las Miralles gritaron al exacto unísono:

- Io Saturnalia! Ave Sol Invictus!

Me di la vuelta para mirarlas. Brillaban, no solo por el aceite. Un rayo de sol les caía encima. Tenían unas copas levantadas, invitándonos a brindar con ellas y dar por inaugurado el festival. Nos pusimos de pie mientras nos servían un chorrito de una bebida ceremonial. La mayoría de los varones exhibían juguetonas erecciones, lo que nos hizo reír. Cuando todos tuvimos nuestra copa, la levantamos, pero al llevármela a los labios mi olfato detectó que se trataba de absenta, bebida que todo mi ser rechaza tras dos o tres malísimos viajes, y no bebí.

Bajé la copa ya buscando con la mirada los curváceos cuerpos de mis vecinas de mesa. Las vi tirarse al suelo. Un segundo más tarde también se tiró Paulo. Pensé en un primer momento que me había perdido alguna norma del ritual, y estaba a punto de acostarme yo también cuando oí los primeros gritos. Me giré y vi caer a la mayoría de los asistentes a la saturnalia. Alguno, no los más, se retorcía unos instantes en el suelo antes de quedarse quieto. Otros vomitaban profusamente, lo que alargaba su agonía y sus gritos. Antes de comprender del todo lo que estaba ocurriendo, ya había percibido que las Miralles seguían de pie, me miraban, y avanzaban hacia mí.

Eché a correr. Para salir por el agujero por el que nos habíamos asomado el primer día tenía que cruzar todo el pabellón, así que hice que me siguieran hasta el borde de la carpa y luego seguí el perímetro hasta que pude tomarles unos metros de ventaja. Entonces crucé por el centro de la sala, saltando descalzo sobre los cadáveres, y de un salto atravesé el agujero.

Seguí corriendo. En un momento dado miré hacia atrás y las vi, a Patricia y Ángela, tendidas en el camino. Pero seguí corriendo. Huyendo. No tardé demasiado en darme cuenta, sin embargo, de que jamás podría dejar atrás a ni una sola de las miles de palabras que componen esta historia, que ni uno solo de los días de este año checo iba a caerse muerto en el camino, para dejarme escapar.