18.1.15

"VACACIONES", CAPÍTULO UNO

ESTE VERANO EN ALBANIA (EDITORA REGIONAL DE MURCIA, 1990)


Mi nombre es un dato que esta narración no va a necesitar. Tampoco es que quiera ocultarlo ni hacer con él autoficción ni nada parecido. Soy alguien bastante conocido en un sector muy concreto de la industria editorial española: unas ciento cincuenta o doscientas personas me identificarían con solo leer esta página. Un grupo más amplio de unas cuatrocientas o quinientas lo haría tal vez más tarde.

Bah, dejémonos de pendejadas: soy Pepe García Lax, o Pepe Ge Lax, o Pepe Glax, el no-tan-mítico escritor de libros de viajes postmodernos. El director de la editorial especializada Peripatas. Desde que me la compró el grupo Planeta y me pusieron al lado a un director comercial, ya no pinto tanto en la industria española de las letras. ¿Me gustaba ser alguien? Seguramente sí. Pero también me gusta no tener hipoteca.

Mi tercer libro, el primero que me tradujeron y me pagaron y el que me abrió las puertas que me han traído hasta aquí, arranca con el siguiente enunciado: Si no sientes la necesidad de confesarte al zarpar, es que no es un verdadero viaje. Una patraña, obviamente. Como el resto del libro, claro está. Pero me viene a la cabeza estos días, una y otra vez. Porque estoy a punto de emprender un viaje más, uno no sé si verdadero pero sí, digamos, interesante. Y porque me han entrado unas ganas irreprimibles de confesarme.

Ave María Purísima: soy un fraude.

Viajar no me gusta especialmente.

¿Esos lugares peligrosísimos que le dan emoción a mis relatos? No he entrado de verdad. Me daría miedo tan solo pensarlo. Los he descrito utilizando fuentes secundarias: cooperantes, soldados, mendigos, etcétera.

¿El supuesto "humanismo irónico" de mis libros? ¿El sucesor socarrón de Ryszard Kapuściński? ¿La soterrada pero sostenida denuncia del totalitarismo del mercado? Fuentes secundarias, también, amigos.

Copias y pegas.

Anécdotas que le saqué a gente, a cambio de tres whiskies, en el bar de algún hotel. O de tres chocolatinas.

Tomemos mi primer libro: Este verano en Albania. Lo escribí en 1988, nada más terminar la carrera. El visado me lo consiguió el profesor que me iba a dirigir la tesis, sobre la industrialización comunista de los Balcanes. Y en efecto se suponía que iba a redactar una introducción laudatoria sobre las reformas aperturistas del nuevo presidente o alguna chorrada similar. Pero yo -ya he dicho que soy un maldito fraude- tenía otro plan en mente. En concreto, joder a mi madre. Contaba para ello con la inestimable ayuda económica de mi padre, que fue quien sufragó el viaje. Y bueno, entre los dos lo conseguimos. A mi regreso, a mediados de septiembre, el reciente divorcio y mi ausencia sin llamadas le habían quitado dieciséis kilos de encima. Había vuelto a fumar, y, cuando daba una calada a su Sombra, la succión creaba en sus delgadas mejillas unas hendiduras que se tocaban por dentro de la boca.

Yo tenía veintidós años, estaba rabioso, mi madre tenía la culpa de todo y el nuevo y rutilante catedrático antifranquista de mi facultad creía en mí y me abría las puertas del telón de acero. ¿Pero quién era yo? ¿Una joven promesa de la historiografía neomarxista? ¿Un fan fumeta de los Smiths? ¿Un loser tardoadolescente -y, además, murciano- recién abandonado por su madre y por su novia? ¿Un lector tardío de la generación Beat? ¿O, más bien, un poco de todo eso y mucho de, digamos, nada?

Entré en el país a través de la frontera con Yugoslavia, como me habían recomendado. Me estaba esperando una delegación de guías y funcionarios encargados de darme la bienvenida, de entre los cuales destacaba la traductora, una estudiante de lenguas románicas llamada Tereza. Todos treintañeros, cuarentones, algo bajitos (excepto Tereza), morenos, vestidos de forma moderadamente marcial. Cada uno disponía de una copia de mi plan de viaje: las etapas, las explotaciones agrícolas, las factorías a visitar, los hoteles en que me hospedaría, en Tirana y en Dürres, y hasta las fechas de mis visitas a los parques naturales del país. Solo tardé diez minutos en darme cuenta de que, por el motivo que fuera, mis nuevos amigos no habían sido informados de los nombres de las personas (catedráticos, investigadores, sindicalistas, etc.) con quienes debía reunirme para desarrollar mi investigación. Decidí perder -comerme, concretamente- ese papel, y, con él, la idea de la tesis.

¿Qué hice, entonces, en Albania durante todo el largo verano del 88? Pasar calor. Jugar con Tereza, a quien admiraba y deseaba pero también temía, al juego del gato y del ratón. Tratar de detectar si los desconocidos de mi entorno inmediato eran informantes o no mediante la sencilla técnica de acercarme levemente a ellos y examinar rastros de ansiedad en sus caras. Practicar mi albanés, probablemente la lengua más extraña de Europa, tanto, que su simple uso parece alejarte de ese continente, en el espacio y el tiempo. Bañarme en todos los ríos que veía, para desesperación e impaciencia de Tereza. Preguntar cosas absurdas o cosas que ya sabía (ey, Tere, ¿por qué se mete toda esa gente en ese túnel, en pleno domingo? ¿es algo religioso vuestro?), jamás lo que quería saber. Escribir cartas a mi querida novia, recién perdida. Fingir que redactaba cosas importantes con una letra deliberadamente indescifrable, pero que no eran sino poemas en prosa, un poco automáticos, a los que di en llamar tarator, como la sopa albanesa de pepino que nos daban en todas partes. A mediados de agosto detecté que el interés de mi querida faro y guía por mi cuaderno (y por mi persona, y por mi misión, y por todo lo que tuviera que ver conmigo) había descendido hasta el mero desdén, y empecé a componer las notas sueltas que después se convertirían en Este verano en Albania. La primera de todas trataba sobre la fascinación y repulsión simultáneas de Tere por mi walkman y su contenido: el Meat Is Murder de los Smiths. La voz de Morrissey entre los bosques neolíticos del valle del Ishëm, Tere dudando de su decisión, tras haberme permitido usarlo en nuestro solitario paseo dominical, Tere probando ella misma, después de insistirle varias veces, la cara de cosmonauta de Tere al ser atravesada un momento por los sonidos de los genios mancunianos y, finalmente, la trayectoria giratoria del aparato (la elevación y descenso del negro walkman, acompañado como un satélite por los finos auriculares) al atravesar el aire primigenio y soleado, rico en insectos del cretácico, en dirección al fondo del río Ishëm. La leve risa de mi querida traductora, entonces, al comprobar mi expresión de incredulidad ante lo que acababa de ocurrir. Su mano por mi pelo un momento, consolándome como se consuela a un niño gilipollas: pronto iremos a teatro. Orquesta nacional. Ningún problema. No debes ser triste ahora.

Gustó mucho, Este verano en Albania. No a mi profesor, claro. A ése no lo engañé. Al saber que no había podido reunirme con ninguno de sus contactos arrugó la nariz, y a la tercera página de mi texto me dijo, con la voz temblándole de ira, que tenía mucho trabajo y que no podía atenderme en ese momento. Ya no volví a hablar con él más.

El resto de lectores creyeron ver en mi libro lo que querían encontrar: ese joven murciano hiperestésico e idiota, súbitamente transplantado a lo más profundo del bloque comunista, demostraba la maldad del régimen a quien ya creía en ella, la humanidad del régimen a quien se sentía inclinado a pensar así, la conveniencia del milenarismo a quien apostaba previamente por esa opción y la importancia de descargar de ideología nuestra pesada óptica a la mayor parte de mi generación, que en esa época se entregaba casi sin excepción a una forma u otra de hedonismo. La denuncia de los espantosos abusos del régimen de Ramiz Alia se solapaba de alguna manera con episodios costumbristas donde aparecían albaneses disfrutando de un ritmo de vida plácido y paleolítico, la rigidez con la curiosidad, el cemento barato con los bellísimos sauces balcánicos, el tarator con el Rakı y, por debajo de todo eso, como un afluente de un afluente de uno de los ríos menores de Pangea, el amor platónico, edípico, de Tereza, proyección de la madre en conflicto. Esto último no es una broma: apareció tal cual en la reseña del libro que sacó La Verdad, aunque el recorte lo he perdido. Firmaba el crítico de siempre, pero el texto era insólito. Lisérgico, incluso. Como leer a Lacan con cuarenta de fiebre. Albania era el útero del Eterno Femenino y yo un espermatozoide de dos colas expulsado del bloque occidental. El puto walkman era el imperativo capitalista y el río Ishëm la Diosa Blanca de una Europa femenina y unificada, preapolínea. Tere, por llamarse así y por ser albanesa, era la Madre Teresa de Calcuta, y al mismo tiempo mi propia madre. Cosas así. Un tiempo después, mi jefe leyó, socarrón, la nota y sentenció:

- Eso te pasa por contar en el libro todas y cada una de las pajas que te hiciste ese verano, mangurrián.

Luego volví con mi chica, me reconcilié con mi madre, me peleé con mi padre y encontré trabajo en un bar del centro, el Latino (regentado por un rocker ilustrado, profuso en frases como la que acabo de transcribir). Pero ya conocía mi don. Ya sabía quién era. El fraude y un impostor, respectivamente. La maleta que me había prestado mi padre para mi Grand Tour pajillero por el Imperio del Mal era de un tipo de plástico que imitaba el cuero pero que se decoloraba al menor roce, adquiriendo efectos psicodélicos. Era posible desfazer estos entuertos estéticos aplicando un poco de Kanfort azul oscuro sobre la zona desvaída, motivo por el cual un bote de este producto acompañaba siempre a la maleta, en un compartimento interior. Y supongo que yo ahora debería cerrar este primer capítulo de mis confesiones de un artista de mierda de un escritor de libros de viajes con un broche irónico-sentimentaloide de ese tipo: añadir que me quedé con aquella maleta y seguí usándola hasta el día de hoy (menuda gilipollez), o que a partir de entonces siempre viajo con un bote de Kanfort azul en honor a mi padre y a mi vocación de estafador narrativo. Algún chiste así, aunque fuera mentira. Llevo cerrando mis capítulos de ese modo desde hace casi treinta años, con esas guindas bienintencionadas que en realidad no son comestibles pero que ayudan a fijar ese tono desenfadado marca de la casa que tan buenos resultados me ha dado. Pero estoy harto de esos trucos, y no voy a publicar este texto. O igual sí, todo depende. De si consigo volver.