6.9.13

UN AÑO CHECO, 5X04

JESÚS


Nací en 1977 y empecé a perder pelo en 1997. Son veinte años justos. En realidad empecé a perder pelo en 1995, pero he puesto 97 para no obligaros a calcular demasiado.

En ese momento, a mitad de los años 90, con la carrera recién empezada y dos números de un fanzine sobre música electrónica en la calle y algunas novias y algunos viajes y algunos experimentos tóxicos en el cuerpo, me levanto y me miro al espejo y observo una pequeña pero súbita tonsura en mi pelo cortado al cazo.

Podría haber luchado. Podría haberme resistido. Raparme. Llevarlo con humor y dignidad. Aprender del hecho de que, por primera vez, las cosas no me saliesen bien. Tampoco mal. Quedar beta en algo. El fracaso eventual. La etiqueta subprime. Todo el mundo es beta en algún aspecto, como repiten millones de psicólogos de highschool a millones de adolescentes suicidas/masskiller, todos los días, como un mantra. Nadie es perfecto. La vida de todo el mundo alberga derrota. La sombra engendra luz, como decía Valente.

Es mucha lucha, ésa contra la derrota, para que acabe engendrando luz. Y yo me rendí. Algo en mí propendía a la rendición sin que yo fuera muy consciente de ello, como ese deseo de que te maten tras pasarte el nivel 40 del Tetris. Un año después, no solo estaba ya tan calvo como ahora, sino que ya tenía este mismo buche. Sin saber aún nada de los hikikomori, ya pasaba entre veinte y veinticuatro horas al día en esta misma habitación de la casa de mis padres. Tardé en acabar Informática. Me habitué a un ritmo de vida de lo más vampírico: me despertaba alrededor de las tres de la tarde, me traía algo rápido para comer al cuarto y encendía el ordenador. Me compré una primitiva grabadora de cedés y ganaba dinero vendiendo discos copiados a los antiguos lectores de mi fanzine. No volví a tener una novia, ni una amante. No pisé un bar o un concierto durante todo el resto de la década, al menos. La sensación de rechazo, cuanto más puro mejor, era mi morfina.

Vi (veo) mucho porno. Mucho. Exploro esa sutil frontera de la sobredosis de porno que linda con la asepsia, con el hiato entre las imágenes y los trasmisores neuronales de la excitación sexual. Viajo hacia esa especie de nirvana entomológico en que el porno ha desbordado, por acumulación, mi genoma humano, y ya no me excita. En el centro de las imágenes hay un país de insectos.

Mis padres intentaron hasta hace un tiempo siguen intentando (oquei, seré sincero) que reciba atención psicológica. Me presionan amenazándome con retirarme su apoyo económico e incluso con echarme de casa. Cuando accedo a ver a alguien, siempre impongo la condición de que ese alguien venga a casa, a mi cuarto. En mis años mozos, los recibía con un amplio dossier sobre el fenómeno del hikikomori, del que jamás habían oído hablar. Siempre los liaba con eso. Mientras se ponían al día y empezaban a proponerme pequeños ejercicios conductistas, yo ya había convencido a mi madre de la incompetencia del sujeto o sujeta y podía quedarme tranquilo otra temporada.

Es cierto que tuve un trabajo durante un tiempo, de machaca de hardware en la tienda PC OK de un vecino. Más bien en la trastienda. También es cierto que me acostumbré a sacar fotos y vídeos de los ordenadores que tenía que reparar. ¿Veis esos discos duros externos? Ahí está todo. No me masturbaba con eso ni nada. O bueno, casi nunca. Lo hacía porque era lo que se suponía que un personaje como yo debía hacer. Por el mismo motivo me llevé un sofá al sitio y me quedaba a dormir allí.

Decidí estudiar Turismo para montar una web de viajes y no tener que hablar con nadie nunca más.

Esto último suena gilipollas. Pero es verdad. No por despecho, no por una pervivencia de la adolescencia, no por sociopatía. Para ver si era posible.

Rodearse de pantallas. Su luminiscencia amniótica.

Que en todas haya parejas follando y comiendo pollas y penetrando orificios y ensalivando piel humana.

Y que al hacer zoom puedan verse los insectos.