25.9.13

UN AÑO CHECO, 5X05

MÁS TURBACIÓN


Nací en Europa Occidental a principios de la década de los ochenta. Mis dos opciones eran: neurosis u oligofrenia, y yo elegí. Los que mandaban empezaban a darse cuenta de que toda esa libertad sin ira de las canciones podía no ser tan deseable a fin de cuentas. Recuerdo haber visto por la tele al Cojo Manteca, que era muy malo y feo y rompía con su muleta todo lo que se encontraba. A la niña de quince años a la que la policía le pegó un tiro en la misma manifestación no recuerdo haberla visto tanto, claro. Por la radio sonaban cosas como Camino Soria, de Gabinete Caligari, o Jardín de rosas, de Duncan Dhu. Para nosotros las opciones eran dos: Mecano, o Cojo Manteca. OTAN o bases. CEE o Franco. Tiro en el culo, o reforma laboral. Robert Zemeckis o incomunicación.

Vi Regreso al futuro tres veces: un viernes, un sábado y un domingo. Es la primera película de la que guardo recuerdo. Si sus colores ahora os parecen chillones, imaginaos cómo me parecían a mí, a los cinco años.

Como todos los que nos dedicamos a actividades creativas, como la literatura, el hikikomori y/o la administración y dirección de empresas, paso mucho tiempo en mi propio pasado. Una vez allí, busco. Se trata de una búsqueda de carácter sexual, concretamente una caza de material masturbatorio. Voy a hacer un chiste fácil: el presente plantea un déficit estructural de turbación, y necesitamos más. Entramos en la máquina del tiempo y ajustamos sus controles hacia exactamente diez minutos atrás. Entonces salimos desnudos de la máquina y nos follamos a nosotros mismos. A quienes éramos. Esa autoviolación diferida es el principio activo del noventa por ciento de la literatura disponible. Suele terminar en gatillazo.

Mi primera vez fue con una chica que se había encaprichado de mí y que proclamó a los cuatro vientos que me iba a despojar de mi virginidad en la madrugada entre el viernes veinticuatro y el sábado veinticinco de septiembre del año mil novecientos noventa y nueve, en el altillo del bar Ítaca, donde ella trabajaba, después de cerrar. Fue una experiencia horrible que no sé cómo pude llevar a término. La taquicardia y la desesperación me hicieron proferir dos frases erróneas que arruinaron mi esperanza de repetir con la muchacha: primero pedí permiso para correrme (no sabía si era mi turno, ni si había turnos) y luego para abrazarla. Supongo que ésta fue una de esas no tan raras ocasiones en que la neurosis se confunde con la oligofrenia.

El último párrafo ilustra lo que quería demostrar en el penúltimo.

Una vez follé con una chica de la que llevaba enamorado un año. Lo hicimos en una playa, después de una noche de fiesta. Aún no había amanecido y me quedé flotando desnudo, haciendo el muerto en el agua. Había fumado un montón de polen y mi percepción del tiempo estaba distorsionada. A la felicidad y las endorfinas se sumó la sensación de estar notando la rotación del planeta, bajo las constelaciones estivales. El silencio.

Me dormí. Soñé que flotaba río arriba, y que poco a poco me iba haciendo más pequeño. El río me dejó al borde de un prado. La hierba era muy alta o yo la percibía así porque tenía seis años otra vez. Había flores, mariposas y una luz perfecta que solo podía ser producto de un filtro muy caro. Campaban a sus anchas por allí todas las mascotas que han vivido conmigo alguna vez, pero no en sus últimos días de obesidad y pereza, sino en sus mejores tiempos: mi gata Nina, que se murió de vieja, era por arte de magia tan joven como su propio hijo, mi gato Nino, que se cayó por la ventana mi primer día de clase en la uni, y lo mismo un perrito mestizo que tenían mis padres y que apenas recuerdo. Mis padres también aparecieron, muy jóvenes y flacos, guapos e inocentes y enamorados. Iban desnudos como yo. Aún se me ponen los pelos de punta al recordar el abrazo que nos dimos, dentro del sueño.

Nos bañamos en el río, encendimos un fuego y asamos calabazas y pimientos. Después me envolvieron en una manta y me cantaron nanas que yo ya había olvidado. La voz de mi madre, la luz de la hoguera y las estrellas del verano me acompañaban al sueño, pero no me dormí. No quería perderme nada. Después de un rato, vi que mis padres se ponían a hacer el amor y supe que había llegado al centro de la narración. Todo lo demás: el río, el prado, las flores, las mascotas, la hoguera y hasta las constelaciones estivales emanaban del sexo de mis padres y eran, pues, sexo a su vez. También yo, obviamente. Me desperté.

Me desperté solo y sin ropa a una hora en que las señoras ya clavaban las sombrillas por doquier, pero ésa es otra historia que no viene al caso.

El sexo es un atractor extraño. Hace gravitar en torno a él al resto de circunstancias en movimiento que lo rodean, y les impide escapar. De este modo, genera una figura dinámica que perdura en la memoria. A esta metáfora cósmica le añadiremos unos convenientes agujeros de gusano, para viajar en el tiempo.

Suelo desear que no existiera.